Esta Cuaresma y esta Semana Santa no han pasado como un tiempo más dentro del calendario. Han ido dejando poso, pero no un poso cómodo ni meramente espiritual, sino un poso incómodo, exigente, que se ha ido filtrando en todos los espacios donde estamos presentes. La pregunta ha ido apareciendo en las lecturas, en los materiales que prepara Pedro Fernández Alejo desde el Departamento de Pastoral Penitenciaria de la Conferencia Episcopal Española, en las fichas y dinámicas que trabajamos desde la Delegación de Coria-Cáceres dentro del centro, y también, con una fuerza distinta, en lo que vemos y escuchamos cuando estamos allí, en los módulos, en los chabolos, en los pasillos donde la vida se organiza con otros códigos y otros tiempos. Pero esta vez ha ocurrido algo que marca un punto de inflexión: esa pregunta no se ha quedado en la capilla ni en el auditorio, ha bajado a la trinchera, ha entrado en el aula de la Clínica Criminológica, se ha sentado en las reuniones del Programa Tres Pilares, ha atravesado el trabajo jurídico y psicosocial que empezamos a compartir con alumnos y profesionales. Y entonces deja de ser una pregunta más para convertirse en una exigencia directa.