Desde Dentro, 20 de abril 2026 - De Madrid a Emaús

Publicado el 20 de abril de 2026, 12:15

De Madrid A Emaús

Cuando hablar no basta: del discurso a la trinchera

Desde Dentro - (lunes), 20 de abril 2026


Lo vivido en Madrid durante los días 17 y 18 de abril, en las jornadas del Área Social de Pastoral Penitenciaria, no debería archivarse como una cita más del calendario, sino leerse como una ocasión para pensar con más rigor una realidad que suele padecer dos males persistentes: el desconocimiento desde fuera y la resignación desde dentro.

Entre ambos extremos, demasiadas personas quedan atrapadas en silencios, etiquetas y respuestas insuficientes.


Madrid Como Espacio De Verdad

Hay reuniones que cumplen protocolo y poco más. Se inauguran con corrección, transcurren sin conflicto y se olvidan con rapidez. Otras, en cambio, sirven para algo bastante más exigente: contrastar ideas con experiencia, revisar inercias, detectar carencias y recordar que ningún ámbito complejo mejora por simple repetición.

Las jornadas celebradas en Madrid tuvieron valor cuando miraron de frente la realidad penitenciaria y social sin maquillaje retórico. Se habló de exclusión, prevención, reinserción, salud mental, drogodependencias, voluntariado, acompañamiento tras la excarcelación y de la necesidad de coordinar recursos que con demasiada frecuencia funcionan en paralelo sin encontrarse de verdad.

Ese punto merece insistencia. La prisión no es una isla separada del resto de la sociedad. Es, muchas veces, el lugar donde terminan manifestándose problemas que comenzaron bastante antes: pobreza persistente, trayectorias educativas quebradas, consumos problemáticos, vínculos familiares deteriorados, violencia normalizada o enfermedad mental insuficientemente atendida.

Nada de ello elimina la responsabilidad por los actos cometidos. Pero ignorarlo produce políticas pobres y diagnósticos perezosos.

Cuando una sociedad no corrige a tiempo determinadas fracturas, después las administra tarde y a un coste mucho mayor.

Lo Que Significa Reinserción

La palabra reinserción aparece con frecuencia en discursos públicos y documentos institucionales, aunque no siempre acompañada de contenido real.

Reinsertar no consiste en esperar pasivamente que el paso del tiempo resuelva lo que años de desorden, exclusión o daño no resolvieron. Tampoco basta con abrir una puerta el día de la salida y confiar en que todo encuentre acomodo por inercia.

Reinsertar significa reducir riesgos de reincidencia, fortalecer hábitos prosociales, facilitar acceso a vivienda y empleo, sostener tratamientos necesarios, reconstruir vínculos legítimos y acompañar una transición que suele ser más frágil de lo que desde fuera se imagina.

Durante las jornadas aparecieron testimonios que recordaron una verdad elemental: algunas personas no necesitan reinsertarse, sino insertarse por primera vez. Nunca tuvieron estabilidad suficiente, referentes sólidos ni oportunidades mínimamente consistentes como para hablar de una integración previa real.

Ese matiz nos obliga a replantearnos muchas respuestas automáticas.

Porque no se interviene igual sobre una caída que sobre una carencia originaria.

La Celebración Del Sábado Y El Valor Del Servicio

La mañana del sábado comenzó con la eucaristía presidida por José María Carod Félez. En ella apareció una intuición especialmente fértil, formulada a partir de la lectura de los Hechos de los Apóstoles sobre la institución del diaconado. Con las oportunas salvedades doctrinales y dogmáticas, se propuso aquella escena como espejo remoto y sugerente de lo que hoy realizan tantas personas desde el voluntariado de Pastoral Penitenciaria: organizar el servicio allí donde existen necesidades concretas, soledades persistentes y realidades que podrían quedar desatendidas.

La analogía no pretendía confundir planos distintos ni equiparar misiones de naturaleza diversa. Su valor estaba en señalar una verdad permanente: cuando una comunidad detecta sufrimiento real, la respuesta madura no consiste en mirar hacia otro lado, sino en estructurar cuidados, repartir responsabilidades y sostener presencias útiles.

Más allá del marco creyente, la idea conserva plena vigencia civil e institucional.

Toda sociedad revela su calidad cuando es capaz de traducir sensibilidad en estructura. No basta con conmoverse ante ciertos sufrimientos. Hay que diseñar respuestas razonables, sostenibles y evaluables.

En el ámbito penitenciario eso significa algo muy concreto. Significa que quien sale en libertad no quede abandonado a su suerte burocrática. Que las familias no carguen solas con todo el peso invisible de la condena. Que las víctimas no desaparezcan tras la sentencia. Que los profesionales dispongan de medios suficientes. Que las entidades colaboradoras no sean tratadas como simple decoración periférica.

Hay problemas que exigen método, pero ninguno mejora sin voluntad real.

Tempestades Que Se Ven Y Tempestades Que No

En esa misma celebración apareció la imagen de la tempestad calmada en medio del miedo. La escena resulta reconocible para cualquiera que conozca mínimamente el universo penitenciario.

Existen tempestades visibles: conflictos repentinos, malas noticias familiares, recaídas, tensiones convivenciales o crisis emocionales abiertas. Pero existen otras más discretas y quizá más hondas: desesperanza crónica, vergüenza enquistada, miedo al exterior tras años de internamiento, identidad deteriorada o sensación íntima de no valer ya para nada.

También las instituciones padecen sus propias tormentas: exceso de burocracia, recursos escasos, fatiga profesional, compartimentos estancos y tiempos de respuesta incompatibles con ciertas urgencias humanas.

La experiencia práctica enseña que la calma rara vez llega por frases solemnes. Suele llegar cuando aparecen presencias fiables: personas que escuchan bien, equipos que coordinan, profesionales que saben intervenir sin humillar, voluntarios que perseveran sin protagonismo y estructuras que funcionan cuando más se necesitan.

Hay personas que, sin hacer ruido, reducen la tempestad alrededor de quienes las rodean.

Emaús Mientras La Vida Seguía Dentro

Mientras en Madrid compartíamos ponencias, testimonios, preguntas y líneas de trabajo, en muchos centros penitenciarios la vida continuaba con su ritmo habitual. Seguían las llamadas esperadas y las que nunca llegan. Seguían los recuentos, las aperturas, los silencios largos, las conversaciones breves en el patio, las preocupaciones familiares, los talleres previstos y también la tarea callada de tantos voluntarios que, lejos de focos y programas, mantenían sus actividades ordinarias con la constancia de siempre.

Conviene no olvidarlo: las jornadas son útiles cuando ayudan a pensar mejor, pero el día a día no se detiene; al contrario, nos obligan a seguir pensando de manera global.

En ese trabajo cotidiano existe un recurso de notable valor, a veces poco visible para quienes no conocen este ámbito: las reflexiones semanales que se remiten a las distintas delegaciones desde el Área Religiosa del Departamento de Pastoral Penitenciaria, preparadas por su responsable, el sacerdote trinitario Pedro Fernández Alejo.

No se trata de textos accesorios ni de un simple comentario piadoso al Evangelio dominical. Son materiales concebidos para acompañar encuentros con personas internas, abrir diálogo, suscitar preguntas y ofrecer claves de lectura sobre la propia vida en contextos marcados por la ruptura, la culpa, la espera y la incertidumbre.

Durante este fin de semana reaparecía la escena de Emaús, de una fuerza singular también fuera del plano estrictamente creyente. Dos hombres caminan desorientados. Repasan hechos, expresan decepción, intentan ordenar lo sucedido y no lo consiguen. Conservan memoria de los acontecimientos, pero han perdido su sentido. Entonces aparece una presencia que escucha sin invadir, acompaña sin imponer, ayuda a releer la historia y vuelve a abrir horizonte.

Hay ahí una pedagogía humana de primer orden.

Muchas personas privadas de libertad viven encerradas no solo entre muros, sino dentro de un relato rígido sobre sí mismas. El error cometido termina ocupándolo todo. La culpa absorbe la identidad. La etiqueta social suplanta al nombre propio. La persona deja de verse como alguien que cometió un delito y pasa a percibirse únicamente como delincuente. Ahí el cambio se vuelve mucho más difícil.

Y se hace difícil porque nadie reconstruye una vida desde la convicción íntima de que ya está definitivamente cancelado.

La investigación criminológica sobre desistimiento delictivo viene mostrando, desde hace años, la importancia de reconstruir identidad, vínculos y proyecto vital. No basta con imponer una pena ni con agotar calendarios penitenciarios. Hace falta que la persona pueda elaborar una narrativa distinta, compatible con la responsabilidad por el daño causado y abierta, al mismo tiempo, a una vida no fijada para siempre por ese daño.

Eso es, en buena medida, lo que sugiere Emaús cuando se trabaja dentro de prisión: ayudar a que alguien pueda releer su historia sin mentira, sin autoengaño y sin quedar sepultado por su peor capítulo.

No se trata de absolver sin más.

Se trata de no condenar antropológicamente.

Entre La Ingenuidad Y El Cinismo

Pensar la prisión exige escapar de dos simplificaciones que reaparecen con frecuencia.

La primera es la ingenuidad sentimental, que convierte toda responsabilidad en mera consecuencia del contexto y toda exigencia en sospecha de dureza moral.

La segunda es el cinismo punitivo, que reduce a la persona a su delito, desprecia cualquier posibilidad de cambio y confunde castigo con solución total.

Ambas posiciones simplifican el mundo penitenciario.

Ambas terminan fracasando.

Lo serio exige una mirada más adulta: responsabilidad clara, atención a las víctimas, tratamiento cuando proceda, oportunidades realistas, límites consistentes y evaluación honesta de resultados.

Ni romanticismo penal ni dureza estéril.

Ni paternalismo vacío ni abandono revestido de firmeza.

Volver Mejor

Quienes asistimos a las jornadas de Madrid no pudimos estar presentes, en esta ocasión, en muchas de las actividades que durante ese mismo fin de semana siguieron desarrollándose en centros penitenciarios, recursos externos, talleres y espacios de acompañamiento donde habitualmente participamos tantas personas comprometidas con esta tarea. Mientras compartíamos reflexión, formación y contraste de experiencias, la vida ordinaria y las actividades programadas continuaban su curso en otros lugares, con sus ritmos, sus necesidades y sus urgencias de siempre.

Conviene recordarlo. Los encuentros de este tipo solo se justifican plenamente cuando ayudan a regresar mejor a aquello que, mientras tanto, siguió esperando.

Ese debería ser su verdadero fruto.

Volver recordando que custodiar no equivale a transformar. Volver sabiendo que reintegrar exige medios y método. Volver con más respeto hacia quienes sostienen tareas difíciles dentro y fuera de los centros. Volver sin olvidar a las víctimas. Volver sin rendirse ante la etiqueta fácil. Volver entendiendo que muchas veces lo decisivo ocurre lejos de los focos, en la constancia humilde de cada semana.

Los discípulos de Emaús regresaron porque comprendieron algo que creían perdido. También hoy hacen falta regresos semejantes, quizá menos épicos, pero más lúcidos y más útiles.

Porque el trabajo verdadero no sucede donde se habla de él.

Empieza cuando se vuelve a la trinchera, al barro, al día a día.