Cosechar no basta
Lo construido, lo que falta y la responsabilidad que nos espera
Spes - Desde Dentro · Lunes, 12 de octubre de 2026
El otoño nos encuentra recogiendo los frutos de un trabajo que merece reconocimiento y preparando una nueva siembra. Es tiempo de agradecer lo conseguido, pero también de examinar cómo ha respondido la tierra, qué cuidados necesitan nuestras iniciativas y dónde todavía no hemos conseguido llegar. La reciente Memoria de Pastoral Penitenciaria, la celebración de la Merced y el comienzo de un nuevo curso nos sitúan ante esa responsabilidad. Conocemos demasiado de cerca la realidad penitenciaria como para confundir la abundancia de actividades con la suficiencia de las respuestas.
En estas semanas, la experiencia del acompañamiento ha vuelto a encontrarse con las aportaciones de la universidad, la vida de nuestra comunidad diocesana y algunas voces que nos llegan desde otras prisiones. Una consulta aparentemente concreta puede descubrir problemas que acompañarán a la persona mucho después de recuperar la libertad. Una conversación permite conocer preocupaciones que ningún expediente alcanza a describir por completo. Y, mientras hablamos de reinserción, seguimos encontrando dificultades para que quienes han cumplido una condena puedan sentirse nuevamente parte de una comunidad que también debe estar dispuesta a recibirlos.
Necesitamos seguir sembrando, cuidar lo construido y examinar sus frutos. También seguir echando las redes, conscientes de que ninguna institución, profesión o comunidad puede afrontar aisladamente una realidad tan compleja. Ambas tareas nacen de una experiencia compartida y de una convicción que, como creyentes y ciudadanos, nos compromete especialmente: el reconocimiento de la dignidad humana debe encontrar correspondencia en las condiciones concretas de la vida.
La cosecha y aquello que las cifras no cuentan
La Memoria de Pastoral Penitenciaria 2025, presentada con ocasión de la Merced, ofrece cifras que merecen reconocimiento: 1.076 programas desarrollados dentro y fuera de los establecimientos penitenciarios, la participación de 1.910 voluntarios y 159 capellanes, y una extensa red de entidades colaboradoras. La Conferencia Episcopal Española señala, además, que más de 40.000 personas tuvieron contacto con esta presencia eclesial durante 2025 (Conferencia Episcopal Española, 2026).
Pero una memoria de actividades, por completa que sea, no puede ofrecernos toda la información necesaria para conocer la calidad y el alcance de lo realizado. Podemos saber cuántas personas participaron en una iniciativa sin conocer suficientemente qué cambió para ellas, qué dificultades continuaron después o qué necesidades ni siquiera llegaron a plantearnos.
En Criminología, la evaluación de programas ha puesto de manifiesto la importancia de distinguir entre la existencia de una intervención y las condiciones que permiten atribuirle determinados resultados. Andrews y Dowden (2005) estudiaron cómo la integridad de los programas correccionales se relaciona con su eficacia. No sería adecuado aplicar indiscriminadamente los mismos indicadores a todas las actividades pastorales y sociales, pero tampoco podemos utilizar sus diferencias como argumento para renunciar a cualquier evaluación.
Sabemos que una visita, una conversación o el acompañamiento mantenido durante años pueden tener un valor que las estadísticas no reflejan. Aun así, necesitamos comprobar si nuestras actividades siguen siendo útiles y qué podríamos mejorar.
También es fácil tomar cariño a los proyectos que hemos ayudado a construir. Algunos continúan respondiendo a necesidades reales, mientras que otros quizá necesiten cambiar. Por eso conviene escuchar a quienes participan en ellos y preguntarnos, de vez en cuando, si seguimos ofreciendo lo que verdaderamente necesitan.
No todas las siembras dan los frutos esperados. Algunas necesitan más tiempo y otras requieren cuidados distintos. Para saberlo hay que volver a la tierra, observarla y atender a lo que necesita. Con nuestro trabajo sucede algo parecido: conocer de cerca a las personas nos ayuda a comprender mejor sus dificultades y a reconocer cuándo nuestras respuestas necesitan cambiar.
La celebración de la Merced nos situó ante una exigencia semejante. Dentro del centro penitenciario compartimos la fiesta; fuera, los actos institucionales y el Círculo de Silencio nos permitieron expresar, desde registros diferentes, nuestra relación con una realidad que contiene trabajo valioso, sufrimiento y contradicciones.
Samuel Huesca Triano (2026) planteó con especial intensidad una cuestión que merece permanecer abierta: el riesgo de conformarnos con humanizar el encarcelamiento hasta perder capacidad para preguntarnos por sus consecuencias y por las respuestas alternativas que la sociedad puede desarrollar frente al delito.
La tensión alcanza a la propia organización del cumplimiento. Pretendemos preparar a las personas para una vida responsable en libertad dentro de una institución que restringe intensamente su autonomía. Procuramos conservar vínculos familiares en unas condiciones que dificultan su continuidad y promovemos capacidades de decisión en un entorno donde buena parte de las decisiones cotidianas corresponde a otros. Estas circunstancias forman parte de la realidad penitenciaria, aunque sus consecuencias no sean idénticas para todas las personas ni en todos los establecimientos.
La seguridad, la protección de terceros y las decisiones judiciales pueden exigir restricciones durante el cumplimiento de una condena. Eso no impide preguntarnos si todas están justificadas, si son proporcionadas y cómo afectan a la preparación para la libertad. Algunas pueden dificultar precisamente las capacidades que después pediremos a la persona que ejerza fuera de prisión. Examinar esas consecuencias también forma parte de nuestro compromiso con la reinserción.
La cooperación con la Administración es indispensable para muchas de nuestras actuaciones. También lo es mantener la libertad de señalar dificultades documentadas y proponer mejoras. Una relación institucional madura debería permitir ambas cosas. Y la misma exigencia crítica que dirigimos hacia fuera tiene que alcanzar nuestras propias iniciativas.
Quienes permanecen lejos
El 30 de septiembre, durante una intervención en la Universidad Pontificia Comillas sobre inteligencia artificial y humanidad, el cardenal Víctor Manuel Fernández recordó a quienes mantienen viva la capacidad humana de cuidar y acompañar. Entre ellos mencionó a «los que no tienen vergüenza de acompañar a los presos» (Fernández, 2026).
La expresión adquiere particular significado cuando pensamos en la facilidad con la que algunas personas desaparecen de nuestro campo de atención. Sabemos reconocer la dignidad humana en las grandes declaraciones, aunque nos cueste bastante más hacerlo cuando exige compartir espacios, ofrecer oportunidades o revisar prejuicios profundamente arraigados.
Quien entra en prisión lleva consigo una historia que incluye sus decisiones y, en su caso, el daño causado. Ese daño puede continuar presente en la vida de las víctimas, cuyos derechos, necesidades de protección y posibilidades de reparación merecen reconocimiento propio. El acompañamiento a quien ha delinquido no permite desconocer esa realidad.
Pero tampoco resulta justo considerar que una condena explica definitivamente a la persona que la cumple.
En prisión encontramos expedientes, clasificaciones, antecedentes e informes necesarios para el ejercicio de determinadas funciones jurídicas y profesionales. También encontramos padres y madres, hijos, personas con capacidades y dificultades diferentes, trayectorias marcadas por decisiones propias y circunstancias que no siempre han podido elegir. Conocer una parte de esa realidad no elimina la responsabilidad penal; ayuda a comprender mejor sobre quién y en qué condiciones se ejerce.
Hay una imagen del Evangelio de Lucas que vuelve con frecuencia a nuestra reflexión. Cuando Jesús se acercaba a una ciudad, diez hombres leprosos salieron a su encuentro y «se pararon a lo lejos» (Lc 17,12).
La distancia que describe Lucas pertenece a una realidad histórica muy diferente de la nuestra. Sin embargo, aquella imagen nos resulta cercana cuando pensamos en las personas que siguen encontrando rechazo por su pasado penal, incluso después de haber cumplido condena.
La exclusión tampoco afecta únicamente a quienes han estado en prisión. Puede alcanzar a personas que cumplen penas en la comunidad o se encuentran en otras situaciones de ejecución penal. Aunque sus circunstancias sean distintas, algunas comparten dificultades para encontrar trabajo, recuperar relaciones o sentirse aceptadas. Y entonces surge una contradicción que merece nuestra atención: hablamos de reinserción, pero no siempre estamos dispuestos a acoger a quienes intentan reconstruir su vida.
Las dificultades para reconstruir una vida después de cumplir condena no terminan necesariamente con la salida de prisión. Los antecedentes penales pueden convertirse en un obstáculo para la reintegración social, como ha estudiado Larrauri (2011) en el contexto español. A ello se suma la importancia de encontrar oportunidades, recuperar vínculos y sentirse nuevamente reconocido como parte de la comunidad. Son aspectos que McNeill (2006, 2012) relaciona con los procesos de desistimiento, en los que también resulta fundamental la participación activa de la persona que intenta cambiar su trayectoria.
La reinserción pierde credibilidad cuando defendemos su finalidad mientras aceptamos sin examen barreras que pueden prolongar la exclusión una vez cumplida la pena.
Desde nuestra experiencia, estamos convencidos de que el acompañamiento en la ultraperiferia penitenciaria forma parte esencial de la misión de la Iglesia. Es uno de los lugares donde nuestra comunidad cristiana está llamada a demostrar, con su presencia y sus actuaciones, que la dignidad humana que proclama también se reconoce y se defiende en la vida de quienes están privados de libertad y de quienes continúan encontrando rechazo después de cumplir condena.
Esa convicción también modifica nuestra manera de intervenir. La proximidad permite conocer necesidades que quizá nunca aparezcan por completo en la documentación, pero no nos concede competencia para resolverlo todo. Escuchar, contrastar y reconocer cuándo debemos acudir a otra persona o institución forman parte de una responsabilidad que exige formación y una cierta humildad ante nuestras propias interpretaciones.
Tejer redes para llegar donde todavía no llegamos
El 30 de septiembre retomamos el curso de colaboración con la Clínica Criminológica de la Universidad de Extremadura, dando continuidad al trabajo iniciado el año anterior. En ese espacio compartimos cuestiones que nacen de nuestra experiencia y que requieren algo más que intuición o buena voluntad para ser estudiadas.
Una consulta sobre un permiso puede comenzar con una cuestión jurídica y revelar, durante la conversación, problemas familiares que condicionarán futuras salidas. Una decisión sobre clasificación penitenciaria puede entrecruzarse con necesidades sanitarias, educativas o laborales. Y la preparación de la libertad obliga a considerar situaciones que no desaparecerán cuando termine el cumplimiento.
La Criminología permite examinar esas conexiones desde una perspectiva interdisciplinar, respetando las competencias propias del Derecho, la Psicología, la Sociología y las restantes disciplinas. Pero una colaboración académica verdaderamente útil debería permitirnos también someter a contraste nuestras primeras interpretaciones y prestar atención a lo que las personas conocen de su propia situación.
Un expediente puede aportar información imprescindible. Una conversación puede descubrir dificultades, expectativas y preocupaciones que difícilmente aparecen con la misma claridad en los documentos. Ambos conocimientos deben examinarse críticamente, sin reducir a quienes acompañamos a simples proveedores de información sobre decisiones que afectarán a sus vidas.
Durante nuestra participación del 2 de octubre en El Espejo, de COPE, insistimos en mantener los pies dentro y la mirada más allá de los muros. La expresión resume una preocupación que se extiende a toda la ejecución penal, no únicamente al cumplimiento dentro de establecimientos penitenciarios.
El regreso a la comunidad constituye un proceso que comienza a prepararse mucho antes de la excarcelación y cuyas dificultades no desaparecen necesariamente al recuperar la libertad. Las circunstancias anteriores al ingreso, las experiencias vividas durante el cumplimiento y las condiciones personales y sociales que esperan fuera se relacionan entre sí, como muestran Visher y Travis (2003) en su estudio sobre la transición desde prisión a la comunidad. Esta perspectiva refuerza la necesidad de preparar la vida en libertad con suficiente antelación y de procurar que los apoyos necesarios tengan continuidad más allá del cumplimiento de la condena.
El encuentro diocesano con el profesorado de Religión, celebrado el 3 de octubre, nos permitió ampliar esa mirada hacia el ámbito educativo. La campaña de juguetes para los hijos de personas internas responde a una necesidad concreta, mientras que las posibilidades de colaboración con estudiantes de Secundaria y Bachillerato pueden ayudar a comprender mejor el delito, la justicia, la convivencia y las condiciones que favorecen la reintegración.
Allí, Roberto Rubio Domínguez habló de echar las redes. Nos surgió entonces una consideración que merece seguir madurando: para echarlas tendremos que aprender a tejerlas juntos.
Porque reunir instituciones alrededor de una iniciativa no garantiza que quienes necesitan ayuda puedan acceder a ella. Una red comienza a funcionar cuando una derivación encuentra seguimiento, cuando evitamos que una demanda quede detenida entre competencias distintas o cuando reconocemos que otra entidad dispone de mejores medios para responder.
También puede ocurrir lo contrario: que nuestras relaciones se fortalezcan entre personas e instituciones que ya se conocen, mientras quienes carecen de información, recursos o vínculos suficientes continúan sin encontrar cómo acercarse.
La amplitud de una red debería poder reconocerse también por las personas a las que consigue llegar, no únicamente por las entidades que participan en ella.
Seguir echándola exige averiguar qué obstáculos dificultan el acceso a nuestros recursos y hasta qué punto sabemos escuchar demandas que todavía no llegan formuladas de manera clara.
El sueño de Dios y los temores de una libertad cercana
La celebración de la Merced nos ha acercado también a dos experiencias compartidas por la Diócesis de Getafe que merecen ser escuchadas con atención.
El 26 de septiembre, durante la eucaristía celebrada en el centro penitenciario Madrid III de Valdemoro, el sacerdote Antonio Soler recordó unas palabras pronunciadas por el papa León XIV en su visita a Brians 1: «Dios te ama como eres, pero te sueña mejor» (León XIV, 2026a). Y, dirigiéndose a los internos, añadió una pregunta que invita a mirar hacia la propia vida: «¿Y tú? ¿Cómo te sueñas?» (Diócesis de Getafe, 2026a).
Un día después, la misma diócesis compartía el testimonio de José Roberto Peláez, interno en Navalcarnero y participante en el taller Vivir sin Cadenas, de la Asociación Entre Pinto y Valdemoro. Le quedaban once meses para recuperar la libertad y hablaba de ese momento con una mezcla de ilusión e incertidumbre. Reconocía sus dificultades relacionadas con la drogodependencia, la importancia de encontrar estabilidad emocional y su deseo de trabajar, mantener una rutina y afrontar las situaciones que pudieran comprometer el camino emprendido.
En el taller había encontrado un espacio donde compartir preocupaciones que hasta entonces le parecían exclusivamente suyas. Escuchar a otros compañeros, descubrir que también experimentaban temores y poder hablar de ellos le estaba ayudando a contemplarlos de otra manera.
«Lo que me preocupa es no encontrar ese equilibrio necesario para vivir las experiencias que la vida me plantea», explicaba. A la Virgen de la Merced le agradecía haber recuperado la ilusión por vivir. Y cuando le preguntaron qué le pedía, su respuesta fue sencilla: «Que me diera fuerza para llevar bien el día de hoy. Ya mañana veremos» (Diócesis de Getafe, 2026b).
Sus palabras nos acercan a una realidad que conocemos desde el acompañamiento: la libertad puede esperarse con ilusión y, al mismo tiempo, suscitar incertidumbres muy concretas. Recuperarla implica volver a tomar decisiones cotidianas, afrontar dificultades conocidas y otras que quizá aparezcan, encontrar apoyos y aprender a desenvolverse en circunstancias diferentes de las que han organizado la vida durante el cumplimiento.
En José Roberto encontramos a una persona que habla de sus preocupaciones, reconoce aquello que necesita trabajar y valora el espacio donde puede compartirlo. Su testimonio nos ayuda a comprender por qué la preparación para la libertad necesita tiempo, escucha y oportunidades para desarrollar capacidades, fortalecer vínculos y afrontar con mayor autonomía las responsabilidades de la vida cotidiana.
La pregunta formulada en Valdemoro adquiere así una cercanía especial. Imaginar una vida diferente es importante; poder ir construyéndola requiere también que las aspiraciones personales encuentren acompañamiento, recursos y condiciones que permitan sostenerlas.
Ayer, durante la eucaristía celebrada en Alcántara, nuestro obispo, Jesús Pulido Arriero, volvió a emplear la imagen del sueño de Dios y presentó a san Pedro de Alcántara como modelo de los mensajeros enviados a transmitir la invitación del Evangelio. La celebración tenía lugar en la localidad natal del santo, patrono de nuestra diócesis y de Extremadura, donde también tiene su sede la Asociación Iberoamericana eScis, una de las entidades impulsoras de Tres Pilares.
Lo leído o escuchado en Valdemoro, Navalcarnero y Alcántara nos lleva a pensar en las posibilidades de cambio de quienes acompañamos y en la responsabilidad que nos corresponde para ayudarles a construir su futuro. La pregunta sobre cómo se imagina una persona a sí misma cobra especial sentido cuando conocemos sus temores y las dificultades que puede encontrar para seguir adelante.
Quien se prepara para recuperar la libertad tendrá que decidir cómo quiere afrontar su futuro, reconocer las dificultades que conoce de sí mismo y asumir responsabilidades que nadie podrá ejercer en su lugar. Pero las posibilidades de sostener ese cambio también dependerán de condiciones que no controla enteramente: la atención profesional a la que pueda acceder, los vínculos disponibles, las oportunidades de formación y empleo o la respuesta que encuentre en la comunidad. Nuestro acompañamiento necesita escuchar sus aspiraciones y temores, respetar su autonomía y contribuir, desde las competencias que nos corresponden, a que esas necesidades encuentren cauces adecuados.
La investigación sobre desistimiento y retorno a la comunidad ayuda a comprender por qué las decisiones personales, los vínculos y las oportunidades disponibles deben examinarse conjuntamente (McNeill, 2006, 2012; Visher & Travis, 2003). Pero el testimonio de José Roberto nos recuerda que detrás de esas categorías hay alguien que conoce sus temores y procura prepararse para afrontar situaciones cuya resolución no depende enteramente de él.
Las lecturas de los dos últimos domingos acompañan esa reflexión desde otro lenguaje. El 4 de octubre, la viña de Isaías y la parábola de Mateo nos enfrentaban a la responsabilidad por los frutos esperados (Is 5,1-7; Mt 21,33-43). Ayer, el banquete anunciado por Isaías y la parábola de los invitados extendían la mirada hacia los cruces de los caminos (Is 25,6-10a; Mt 22,1-14).
Los servidores tienen que salir. La invitación no llegará a todos simplemente porque las puertas permanezcan abiertas.
Después de cuanto hemos venido compartiendo sobre las redes, esa imagen nos devuelve una pregunta incómoda: cuántas veces esperamos que quienes necesitan acompañamiento encuentren por sí mismos recursos cuya existencia desconocen o a los que difícilmente pueden acceder.
No todas las barreras son iguales ni todas pueden resolverse mediante nuestra intervención. Pero tenemos la responsabilidad de identificarlas, llevarlas a los espacios donde puedan abordarse y evitar que la falta de coordinación o nuestra propia costumbre añadan dificultades innecesarias a quienes ya afrontan situaciones complejas.
Lo que llevamos fuera después de entrar
En este 12 de octubre, festividad de Nuestra Señora del Pilar, la experiencia de las últimas semanas nos permite reconocer una tarea que continúa abierta. Hemos celebrado, retomado colaboraciones y compartido propuestas; también hemos escuchado preguntas que no quedan resueltas por el hecho de formularlas.
El artículo 25.2 de la Constitución establece la orientación hacia la reeducación y reinserción social de las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad. Mateo 25,36 sitúa ante nuestra conciencia creyente el encuentro con la persona encarcelada. Ambos textos pertenecen a órdenes diferentes, pero su coexistencia en nuestro Eje 25 nos impide separar cómodamente lo que creemos acerca de la dignidad humana de las responsabilidades que asumimos como ciudadanos.
El pasado 7 de octubre, León XIV preguntó qué Iglesia encuentran las personas precisamente cuando se sienten más frágiles, durante una reflexión sobre la acogida y el acompañamiento familiar (León XIV, 2026b). La pregunta alcanza también a nuestras comunidades cuando contemplamos a quienes arrastran el estigma penitenciario o intentan encontrar un lugar después del cumplimiento.
La presencia dentro de prisión conserva todo su sentido. Allí encontramos personas concretas, responsabilidades que deben asumirse, dificultades que necesitan atención y capacidades que merecen ser reconocidas. Pero lo que conocemos durante el acompañamiento también nos obliga a mirar hacia las condiciones en las que se desarrollará la vida fuera, sin perder de vista las necesidades propias de las familias, las víctimas y quienes cumplen otras penas o medidas.
Los poderes públicos tienen obligaciones que no pueden trasladarse al voluntariado. Los profesionales deben actuar dentro de sus competencias y cada persona conserva la responsabilidad por sus decisiones. Reconocer esos límites permite cooperar mejor, formular propuestas fundadas y evitar que la buena voluntad sustituya la atención especializada o el ejercicio efectivo de los derechos.
A nosotros nos corresponde conservar la capacidad de escuchar y de llevar a los espacios adecuados aquello que necesita respuesta. Algunas necesidades podrán afrontarse desde nuestras actividades; otras exigirán colaboración, una derivación acompañada o cambios que deberán realizar quienes tienen competencia para ello. Y habrá cuestiones que requieran una crítica sostenida, suficientemente documentada, aunque incomode a nuestras propias instituciones.
El Eje 25 adquiere sentido cuando el encuentro con la persona encarcelada nos compromete también con las condiciones de su regreso a la comunidad. La dignidad que reconocemos durante el cumplimiento sigue siendo la misma cuando termina la condena, aunque cambien las obligaciones jurídicas, las responsabilidades y los apoyos que correspondan.
En esa continuidad se juega una parte importante de nuestro trabajo. Seguir sembrando tendrá poco recorrido si perdemos de vista a las personas cuando dejan de participar en nuestras actividades; seguir echando las redes exige que el conocimiento y las relaciones construidas permitan encontrar respuestas también entonces.
La experiencia nos ha enseñado que abrir una puerta no resuelve por sí solo las dificultades que esperan al otro lado. Nuestra responsabilidad es contribuir, junto con quienes pueden y deben hacerlo, a que ese regreso encuentre caminos transitables.
Referencias
Andrews, D. A., & Dowden, C. (2005). Managing correctional treatment for reduced recidivism: A meta-analytic review of programme integrity. Legal and Criminological Psychology, 10(2), 173–187. https://doi.org/10.1348/135532505X36723
Conferencia Episcopal Española. (2026, 24 de septiembre). La Pastoral Penitenciaria atendió a más de 40.000 personas durante 2025. https://www.conferenciaepiscopal.es/memoria-pastoral-penitenciaria-2025/
Conferencia Episcopal Española. (s. f.). Sagrada Biblia. Versión oficial. https://www.conferenciaepiscopal.es/biblia/
Constitución Española. (1978). Boletín Oficial del Estado, 311, de 29 de diciembre de 1978. https://www.boe.es/eli/es/c/1978/12/27/(1)/con
Diócesis de Getafe. (2026a, 26 de septiembre). Internos de Valdemoro celebran la Merced: «Que Ella haga realidad el sueño de Dios en nosotros». https://www.diocesisgetafe.es/2026/09/26/los-internos-de-la-carcel-de-valdemoro-festejan-a-la-virgen-de-la-merced-que-ella-nos-traiga-la-realizacion-del-sueno-de-dios-en-cada-uno-de-nosotros/
Diócesis de Getafe. (2026b, 27 de septiembre). José Roberto, interno en la cárcel de Navalcarnero: «A la Virgen de la Merced le agradezco haber recuperado la ilusión por vivir». https://www.diocesisgetafe.es/2026/09/27/jose-roberto-interno-en-la-carcel-de-navalcarnero-a-la-virgen-de-la-merced-le-agradezco-haber-recuperado-la-ilusion-por-vivir/
Fernández, V. M. (2026, 30 de septiembre). La inteligencia artificial en una magnífica humanidad [Discurso]. Dicasterio para la Doctrina de la Fe. https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/fernandez/documents/rc_ddf_doc_20260930_fernandez-ia-univ-pont-comillas_sp.html
Huesca Triano, S. (2026, 24 de septiembre). Las personas presas no tienen nada que celebrar. Religión Digital. https://www.religiondigital.org/opinion/personas-presas-no-celebrar-prisiones-merced_1_1466173.html
Larrauri, E. (2011). Conviction records in Spain: Obstacles to reintegration of offenders? European Journal of Probation, 3(1), 50–62. https://doi.org/10.1177/206622031100300105
León XIV. (2026a, 10 de junio). Viaje apostólico a España: Visita al Centro Penitenciario «Brians 1» [Discurso]. Santa Sede. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2026/giugno/documents/20260610-spagna-visita-penitenziario.html
León XIV. (2026b, 7 de octubre). Encuentro con los líderes de las Iglesias orientales y los presidentes de las conferencias episcopales, con motivo del décimo aniversario de «Amoris laetitia» [Discurso]. Santa Sede. https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2026/october/documents/20261007-anniversario-amoris-laetitia.html
McNeill, F. (2006). A desistance paradigm for offender management. Criminology & Criminal Justice, 6(1), 39–62. https://doi.org/10.1177/1748895806060666
McNeill, F. (2012). Four forms of ‘offender’ rehabilitation: Towards an interdisciplinary perspective. Legal and Criminological Psychology, 17(1), 18–36. https://doi.org/10.1111/j.2044-8333.2011.02039.x
Visher, C. A., & Travis, J. (2003). Transitions from prison to community: Understanding individual pathways. Annual Review of Sociology, 29, 89–113. https://doi.org/10.1146/annurev.soc.29.010202.095931
Créditos de imágenes
Las imágenes incorporadas en esta entrada tienen finalidad exclusivamente editorial e ilustrativa. La publicación combina imágenes generadas mediante herramientas de inteligencia artificial a partir de indicaciones propias con fotografías e imágenes procedentes de bancos de recursos gráficos y otros materiales autorizados.
Las imágenes procedentes de terceros se utilizan conforme a las licencias o condiciones aplicables en cada caso, conservándose la correspondiente información sobre su procedencia y autoría. Las imágenes generadas mediante inteligencia artificial no representan personas reales identificables, expedientes penitenciarios reales ni escenas documentales concretas.