Desde Dentro, lunes 31 de agosto 2026 - De la teoría a la tarea compartida

Publicado el 30 de agosto de 2026, 22:06

De La Teoría A La Tarea Compartida

Del Eje 25 a la tarea compartida: sinodalidad, ciencia y compromiso para el curso que comienza - "Dios nos sueña mejor"

Desde Dentro - lunes, 31 de agosto 2026


Comenzamos un nuevo curso con una disposición que queremos convertir en algo más que una declaración de intenciones: ponernos al servicio de nuestra Iglesia diocesana y de nuestro obispo, aportar aquello que podamos ofrecer y aceptar, con la misma naturalidad, que otros orienten, completen o corrijan nuestro camino.

Entendemos así la obediencia eclesial: no como pasividad, asentimiento acrítico o renuncia a la responsabilidad propia, sino como comunión responsable. Y entendemos también así la sinodalidad que tantas veces invocamos: caminar juntos de verdad, escuchándonos y dejándonos interpelar, sin que cada grupo, proyecto o carisma termine construyendo su pequeño espacio al margen de los demás. La parresía no se opone a esa comunión. La hace más exigente, porque obliga a hablar cuando corresponde, a escuchar cuando es necesario y a aceptar que también nosotros podemos necesitar orientación, contraste y corrección.

Esta disposición inicial guarda una relación directa con otra convicción que queremos asumir como principio rector del curso. La visita de León XIV a España y las intervenciones que ha ido realizando después no deberían quedar archivadas entre los recuerdos de unos días intensos. En Brians 1, el Papa dirigió a las personas privadas de libertad unas palabras que contienen, por sí solas, casi un programa entero:

«Dios te ama como eres, pero te sueña mejor» (León XIV, 2026d, sección «Saludo del Santo Padre», párr. 8).

Poco antes había recordado que los errores cometidos no determinan la identidad de una persona y que el pasado no tiene por qué condenar el futuro, sino que puede abrir la posibilidad de cambiar decisiones y elecciones (León XIV, 2026d).

Nos permitimos trasladar aquella intuición también a nosotros. Dios nos quiere como somos, pero nos piensa mejor. Mejores como Iglesia y como comunidad; mejores como voluntarios y profesionales; mejores en nuestra manera de acompañar, investigar, coordinarnos, escuchar y utilizar los recursos disponibles. No para fabricar personas conforme a nuestras expectativas ni para decidir desde fuera cómo debe reconstruirse la vida de nadie, sino para contribuir a que quien quiera levantarse encuentre condiciones razonables para hacerlo.

Es desde ahí, sin pretender empezar de cero y sin confundir compromiso con autosuficiencia, desde donde queremos afrontar lo que viene.


Lo que la realidad ya nos está diciendo

Pasar de la teoría a la tarea exige, antes que nada, mirar bien la realidad sobre la que pretendemos actuar. Los datos nunca consiguen explicarla por completo, pero ayudan a evitar dos errores igualmente frecuentes: comportarnos como si todo estuviera por hacer o suponer que la existencia de numerosos recursos significa, por sí misma, que las necesidades están suficientemente atendidas y que las respuestas funcionan de manera coordinada.

Durante 2024 estuvieron activas en los establecimientos dependientes de la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias 601 entidades distintas del tercer sector. Desarrollaron 1.515 programas de intervención y contaron con 6.426 colaboradores en activo (Secretaría General de Instituciones Penitenciarias [SGIP], 2025, p. 140). Las cifras hablan de un tejido social importante y de una experiencia acumulada durante años que sería injusto y poco inteligente ignorar si nuestro propósito es sumar y no duplicar, reconocer antes de ocupar y aprender antes de pretender enseñar.

El reto, por tanto, no consiste necesariamente en crear otra estructura. Consiste en conocer mejor lo que ya existe, saber qué se está haciendo, identificar vacíos y favorecer que recursos diferentes puedan encontrarse cuando una misma persona necesita varios de ellos a la vez.

Esto se hace particularmente visible en la salida de prisión. Nadie recupera la libertad dividido en parcelas administrativas. Pueden coincidir en pocos días la necesidad de alojamiento, documentación, continuidad farmacológica, tratamiento de una adicción, atención psicológica o psiquiátrica, asesoramiento jurídico, ingresos, formación, empleo o reconstrucción de vínculos familiares deteriorados durante años. Cada una de esas necesidades puede tener asignado su profesional, su administración o su recurso y, sin embargo, persistir una dificultad decisiva: que nadie alcance suficientemente el conjunto o que la conexión entre unas respuestas y otras llegue demasiado tarde.

La criminología del desistimiento ha contribuido a comprender por qué esta cuestión no es secundaria. Dejar atrás de manera estable una trayectoria delictiva no puede reducirse a la aplicación de una técnica sobre un individuo. La agencia personal, la voluntad de cambio y la asunción de responsabilidad resultan indispensables, pero ese proceso se desarrolla también en relación con los vínculos, las oportunidades, el reconocimiento social y las condiciones concretas en las que una persona trata de construir y sostener una vida diferente (McNeill, 2006). Esta perspectiva nos aparta de dos simplificaciones igualmente pobres: pensar que todo depende del individuo o atribuirlo todo a sus circunstancias.

El Evangelio del 9 de agosto, XIX Domingo del Tiempo Ordinario, nos situaba ante una escena que ayuda a mirar esa complejidad desde otra profundidad. La barca está sacudida por las olas y el viento es contrario. Pedro se atreve a salir, comienza a caminar y, cuando el miedo termina ocupando toda su mirada, empieza a hundirse. Su oración se reduce entonces a lo esencial: «Señor, sálvame». Jesús extiende la mano y lo agarra (Conferencia Episcopal Española [CEE], 2010, Mt 14,22-33).

Hay algo profundamente humano en aquella escena. El miedo puede acompañar cualquier proceso de cambio. También la inseguridad, el cansancio, las recaídas y la conciencia de que determinadas fuerzas nos superan. Lo vemos dentro de prisión y lo encontramos igualmente fuera, cuando sobre una misma persona se acumulan una adicción, una enfermedad mental, precariedad económica, falta de vivienda, una situación administrativa incierta, relaciones familiares casi desaparecidas o la convicción, aprendida durante demasiado tiempo, de que ya nadie espera nada distinto de ella.

Tender una mano no significa caminar por otro. Pero tampoco deberíamos convertir la autonomía personal en una excusa para permanecer a distancia cuando alguien comienza a hundirse. Entre sustituir a la persona y abandonarla existe todo el espacio del acompañamiento responsable: ayudar a identificar una necesidad, facilitar el acceso a un recurso, conectar respuestas, permanecer cerca durante un momento crítico y saber retirarse también cuando corresponde, porque el protagonismo de cualquier proceso de cambio pertenece a quien tiene que vivirlo.

Hablar seriamente de reinserción significa, por tanto, hablar de responsabilidad personal y, al mismo tiempo, de las condiciones que pueden favorecer o dificultar que esa responsabilidad encuentre una posibilidad real de convertirse en una vida diferente.

Eje 25: responsabilidad, reparación y posibilidad de futuro

Ese punto de encuentro sigue siendo nuestro Eje 25.

El artículo 25.2 de la Constitución Española establece que las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y la reinserción social. Al mismo tiempo, reconoce que la persona condenada conserva sus derechos fundamentales con aquellas limitaciones que deriven legítimamente del fallo condenatorio, del sentido de la pena y de la legislación penitenciaria (Constitución Española, 1978, art. 25.2).

Mateo 25 contempla a esa misma persona desde una dimensión distinta: «estuve en la cárcel y vinisteis a verme» (CEE, 2010, Mt 25,36).

No necesitamos confundir ambos fundamentos para comprender la fuerza de su encuentro. Somos ciudadanos y creyentes al mismo tiempo, de manera indisociada e indisociable. Ninguna de esas dos condiciones puede suspenderse cuando ejercemos la otra.

Nuestra ciudadanía nos obliga a respetar el Derecho, las garantías, las competencias institucionales y profesionales, los procedimientos y la evidencia científica disponible. Nuestra fe nos impide reducir definitivamente a una persona a aquello que hizo, a su expediente penitenciario o a la etiqueta con la que otros, y a veces ella misma, han terminado identificándola.

Pero afirmar la dignidad de quien ha delinquido no puede conseguirse desplazando a quien sufrió el delito. Hay daños gravísimos, víctimas que necesitan reconocimiento, protección y seguridad, responsabilidades que deben asumirse, riesgos que requieren valoración profesional y consecuencias que no desaparecen porque pronunciemos la palabra reinserción. La misericordia cristiana tampoco consiste en llamar bueno a lo que fue malo ni en pedir a una víctima que soporte una nueva carga en nombre de un perdón que nadie puede imponerle.

Precisamente por eso la justicia restaurativa encuentra un lugar propio en esta manera de comprender la intervención. No es una justicia más blanda ni una vía concebida para facilitar el itinerario de quien cometió el delito. Parte del daño y de las personas afectadas por él. Desde ahí pregunta, cuando existen las condiciones adecuadas, qué necesita quien lo sufrió, cómo puede asumir su responsabilidad quien lo causó y qué puede todavía reconocerse, repararse o reconstruirse.

Para que un proceso así tenga sentido necesita garantías. La legislación española establece los principios de voluntariedad, gratuidad, oficialidad y confidencialidad. Las personas que participan deben conocer previamente sus derechos, la naturaleza del procedimiento y sus posibles consecuencias; además, cualquiera de las partes puede retirar su consentimiento en cualquier momento sin que esa decisión produzca consecuencias negativas en el proceso penal (Ley Orgánica 1/2025, disp. adic. 9.ª).

No estamos ante formalidades accesorias. Habrá víctimas que no quieran participar, otras que no estén preparadas y situaciones en las que un procedimiento restaurativo resulte desaconsejable o sencillamente imposible. Respetar esos límites pertenece al sentido mismo de la justicia restaurativa. La persona que sufrió el delito no puede convertirse en instrumento para completar el itinerario penitenciario o personal de quien lo cometió. Su voluntad, sus tiempos, sus necesidades y su seguridad forman parte del centro mismo del proceso.

Tampoco hablamos de una propuesta extraña a nuestro sistema penitenciario. Instituciones Penitenciarias viene desarrollando desde hace años intervenciones orientadas a la responsabilización y la reparación. El Informe general 2024 recoge 153 participantes en actuaciones de justicia restaurativa en medio abierto durante aquel año (SGIP, 2025, p. 179). En mayo de 2026 se publicó, además, un convenio para desarrollar el taller Diálogos restaurativos y procesos de justicia restaurativa, con previsiones concretas sobre derivación de participantes, formación, metodología, coordinación, seguimiento, evaluación y control de calidad (Resolución de 14 de mayo de 2026).

La investigación aconseja la misma prudencia. Fulham et al. (2025) analizaron 27 estudios y 34 muestras independientes de personas adultas. Encontraron una reducción pequeña de la reincidencia general y no hallaron un efecto estadísticamente significativo sobre la reincidencia violenta. Los autores advierten, además, de que la calidad metodológica condiciona los resultados. En otros ámbitos, sin embargo, aparecen resultados más consistentes, especialmente en satisfacción de las víctimas y de quienes participan, percepción de justicia procedimental y responsabilización por el daño causado.

No necesitamos atribuir a la justicia restaurativa aquello que la evidencia no permite garantizar. La reducción de la reincidencia importa, naturalmente, pero no agota todo aquello que merece ser evaluado. Importa también que una víctima pueda ser escuchada, que el daño sea reconocido y que quien lo produjo salga de una mirada centrada exclusivamente en su condena, sus permisos o sus expectativas para enfrentarse a las consecuencias concretas que sus decisiones produjeron en otras vidas.

Hay cosas que nunca podrán deshacerse. La cuestión es si, después de aquello que ya no puede cambiarse, queda algo que reconocer, responsabilizar, reparar o reconstruir.

Así se comprende mejor que responsabilidad y futuro no son términos incompatibles. Reconocer plenamente a la víctima no exige condenar socialmente para siempre a quien cometió el delito; defender la posibilidad de reinserción tampoco exige olvidar el daño. En Brians 1, León XIV unió precisamente ambas dimensiones cuando habló de conversión, arrepentimiento, enmienda, reconciliación y perdón y, al mismo tiempo, recordó que los errores no agotan la identidad de una persona (León XIV, 2026d).

La posibilidad de comenzar de nuevo no borra la historia anterior. Puede exigir justamente lo contrario: mirarla de frente, reconocer lo que se hizo, comprender a quién se dañó, asumir las consecuencias y aprender a vivir de otra manera. Hacerse cargo no significa destruirse. Responsabilidad y negación de la propia dignidad tampoco son sinónimos.

El 16 de agosto, XX Domingo del Tiempo Ordinario, el Evangelio introducía otra dimensión que completa esta mirada. Una mujer cananea, extranjera y situada fuera de las pertenencias reconocidas por quienes rodean a Jesús, insiste porque su hija sufre. Los discípulos preferirían apartarla. Ella no desaparece, persevera y termina escuchando: «Mujer, qué grande es tu fe» (CEE, 2010, Mt 15,21-28). La primera lectura había ensanchado previamente el horizonte hasta anunciar una casa de oración «para todos los pueblos» (Is 56,7).

Desde la realidad penitenciaria resulta difícil atravesar aquel Evangelio sin preguntarnos por las muchas formas de permanecer fuera incluso después de haber recuperado jurídicamente la libertad. La pena puede terminar y la etiqueta continuar. A «preso» o «exrecluso» pueden añadirse otras palabras que terminan ocupando toda la identidad: extranjero, drogodependiente, reincidente, enfermo mental, conflictivo, sin hogar.

Algunas cautelas serán necesarias. Determinados riesgos deben ser evaluados profesionalmente. Hay conductas que obligan a mantener límites y situaciones que exigen especial protección. Pero valorar un riesgo no equivale a convertir a una persona en un riesgo para siempre. Reconocer un antecedente no obliga a transformar el pasado en una identidad definitiva.

La mujer cananea no reclama privilegios. Se niega a aceptar que su necesidad carezca de valor por proceder de quien procede. Algo de esa interpelación debería acompañarnos cuando hablamos de reinserción. Resulta insuficiente proclamar que creemos en las segundas oportunidades si, cuando alguien trata realmente de reconstruirse, encuentra cerradas casi todas las puertas y debe aprender a sobrevivir con las migajas que dejan nuestros sistemas de vivienda, empleo, salud, relaciones y participación social.

León XIV ha advertido recientemente del aumento de la violencia, las cerrazones y el «miedo al otro» y ha contrapuesto a esa deriva la cercanía, la comunión, el perdón y la solidaridad, con especial atención a quienes viven situaciones de mayor fragilidad (Piccini, 2026). En nuestro ámbito ese otro puede ser quien vuelve de prisión, la persona extranjera, quien vive con una adicción, quien padece una enfermedad mental o quien duerme en la calle. La prudencia sigue siendo necesaria; el riesgo debe evaluarse cuando existe y el daño nunca puede minimizarse. Otra cosa muy distinta es transformar esas cautelas en una condena social cuya duración nadie fija porque, sencillamente, nunca estaba previsto que terminara.

Tejer redes para que la reinserción no se quede en un principio

Si la reinserción depende también de las condiciones que encuentra una persona cuando intenta cambiar, y si la reparación exige procedimientos, formación, profesionales y garantías, la cooperación deja de ser una expresión bienintencionada para convertirse en una necesidad práctica.

Durante su visita a España, León XIV habló en Madrid de «tejer redes». Su reflexión partía del encuentro, la escucha, el diálogo y el respeto hasta llegar a una afirmación particularmente pertinente para cuanto estamos planteando: «tejer redes es un diálogo entre instituciones centrado en la dignidad humana» (León XIV, 2026b, párr. 13). La universidad, la empresa, la cultura, la educación, la tecnología y las demás realidades sociales aparecían allí no como mundos paralelos, sino como ámbitos llamados a preguntarse a quién sirven y qué clase de sociedad contribuyen a construir.

Al día siguiente, ante los miembros del Parlamento español, volvió a situar la dignidad humana en el centro de la vida pública y vinculó la calidad moral de una sociedad con su capacidad para acompañar y proteger las vidas que atraviesan mayor fragilidad (León XIV, 2026c).

Llevado a nuestro terreno, esto exige trabajar con quienes ya tienen responsabilidades, conocimiento y experiencia: Instituciones Penitenciarias y sus profesionales; nuestra diócesis y la Pastoral Penitenciaria; universidades y grupos de investigación; colegios, institutos y otros centros educativos; colegios profesionales de criminología, abogacía, psicología, trabajo social, educación social y profesiones sanitarias; servicios de orientación jurídica; administraciones locales, autonómicas y estatales; dispositivos de salud mental y adicciones; recursos frente al sinhogarismo; Cáritas y otras organizaciones del tercer sector; asociaciones y fundaciones; organismos públicos y privados; y empresas capaces de generar oportunidades reales de formación, empleo e incorporación a la comunidad.

La enumeración importa menos que la lógica que contiene. Ninguna de esas instituciones puede resolver por sí sola una trayectoria vital compleja y ninguna debería pretender hacerlo. La multidisciplinariedad no consiste en reunir especialistas para que cada uno explique su parcela y regrese después a ella. Exige que conocimientos y competencias diferentes sean capaces de conversar alrededor de una misma persona, respetando sus límites respectivos, pero evitando que esos límites se conviertan en huecos por los que alguien pueda caer.

También exige escuchar a quienes conocen estas realidades desde un lugar que nadie puede sustituir desde fuera: las personas privadas de libertad, quienes han salido ya de prisión, sus familias y, cuando libremente quieran y resulte procedente, las víctimas. Sin esa escucha, la participación corre el riesgo de convertirse en una palabra pronunciada casi exclusivamente por quienes ya estamos sentados alrededor de la mesa.

Una de las tareas que podemos impulsar consiste precisamente en conocer y conectar mejor los recursos de nuestro entorno. Un mapa operativo, actualizado y realmente utilizable, debería permitir saber qué existe, qué hace cada servicio, a quién atiende, cómo se accede, cuáles son sus límites y con quién necesitamos hablar ante una situación concreta. No otro directorio destinado a envejecer en una carpeta, sino una red de interlocutores que se conozcan suficientemente como para poder trabajar juntos cuando aparezca una necesidad real.

Junto a ello tendremos que prestar especial atención a la continuidad entre prisión y libertad. La excarcelación puede concentrar en muy poco tiempo cuestiones que durante meses o años permanecían atendidas dentro de un sistema intensamente organizado. Vivienda, documentación, medicación, citas sanitarias, ingresos, situación jurídica, empleo o vínculos familiares pueden reclamar respuesta simultáneamente. Cooperar bien no significa que todos hagamos de todo, sino que cada institución conozca su responsabilidad y que las conexiones funcionen cuando una persona necesita varias respuestas.

La justicia restaurativa pertenece a esa misma lógica. Su desarrollo serio requiere profesionales cualificados, criterios adecuados de derivación, metodología, supervisión y evaluación. El modelo penitenciario del Taller de diálogos restaurativos nació precisamente para incorporar los valores restaurativos a la ejecución penal y situar la responsabilización y la reparación del daño en el centro de la intervención (Secretaría General de Instituciones Penitenciarias, 2020).

Hace apenas unos días, León XIV volvió a plantear una lógica semejante al abordar la realidad de las adicciones. Reclamó respuestas integrales en las que pudieran encontrarse prevención comunitaria, atención científica, una justicia con rostro humano y acompañamiento pastoral, y habló expresamente de puentes de colaboración. Uno de ellos unía ciencia y fe. La Iglesia, precisó, no pretende competir con las neurociencias, la psiquiatría o la salud pública ni ocupar su lugar, sino aportar desde su propia misión a una comprensión integral de la persona (León XIV, 2026g).

Ese planteamiento describe bastante bien el trabajo que tenemos por delante. Una Pastoral Penitenciaria seria no debería temer a la ciencia, del mismo modo que el conocimiento científico no necesita negar la dimensión espiritual de la persona para preservar su método. La cooperación comienza cuando dejamos de confundir compromiso con autosuficiencia y comprendemos que reconocer la competencia de otros no disminuye nuestra responsabilidad, sino que permite ejercerla mejor.

Cuando el hilo se rompe

La necesidad de mantener conectadas esas respuestas deja de ser una cuestión organizativa cuando una vida queda atrapada entre ellas.

El Informe general 2024 registra 148 fallecimientos notificados durante aquel año en centros penitenciarios o en hospitales de referencia y otros 34 ocurridos durante permisos u otras situaciones asimilables. Cuando se cerró la memoria todavía no se disponía de toda la información necesaria para determinar las causas correspondientes a 2024. Para 2023, último ejercicio con las causas consolidadas en ese documento, constaban 32 suicidios y 24 fallecimientos relacionados con drogas dentro de los centros penitenciarios, además de otras causas (SGIP, 2025, pp. 263-264).

Estas cifras requieren prudencia. No permiten explicar cada muerte ni atribuir automáticamente responsabilidades. Tampoco deberían invisibilizar el trabajo cotidiano de profesionales penitenciarios, sanitarios y sociales que intervienen en situaciones de extraordinaria complejidad. Pero la prudencia no puede convertirse en una forma educada de mantener suficientemente lejos aquello que nos incomoda.

En nuestro entorno hemos conocido recientemente el suicidio en prisión de una persona extranjera mientras permanecía pendiente una solicitud de protección internacional. No disponemos de todos los elementos necesarios para establecer relaciones causales y no sería responsable hacerlo. Sí podemos preguntarnos qué sucede cuando en una misma vida confluyen prisión, salud, situación administrativa, asistencia jurídica y una intensa vulnerabilidad social y cómo conseguimos que los distintos sistemas compartan, dentro de las garantías legalmente exigibles, aquello que necesitan conocer para proteger mejor a una persona.

También hemos visto cómo recuperar jurídicamente la libertad no significa necesariamente abandonar la exclusión. Una persona excarcelada, con asuntos judiciales todavía pendientes por hechos anteriores y viviendo una situación extrema de sinhogarismo y vulnerabilidad, terminó muriendo en la calle. Detrás quedaba también una hija pequeña.

No necesitamos convertir ninguna de esas muertes en argumento. Basta con no acostumbrarnos a ellas.

Porque en ocasiones el problema no es la inexistencia absoluta de recursos, sino el espacio que queda entre ellos. Una persona ha salido de un dispositivo y todavía no ha llegado al siguiente; conviven una enfermedad, una adicción, la falta de alojamiento, un procedimiento jurídico pendiente, una cita sanitaria y una soledad profunda mientras cada una de esas circunstancias pertenece formalmente a un sistema diferente. Cada institución puede estar haciendo correctamente una parte de su trabajo y, aun así, el hilo puede romperse entre unas y otras.

La Administración penitenciaria dispone, entre otros mecanismos, de un Programa de Prevención de Suicidios aplicado en todos los centros, con protocolos dirigidos a detectar situaciones personales o sociales de riesgo y con la participación de internos de apoyo previamente formados. Durante 2024 se incluyó en el programa a 1.786 hombres y 196 mujeres (SGIP, 2025, p. 53). La existencia de estas herramientas muestra precisamente la complejidad del problema y la necesidad de mantener evaluación, seguimiento y coordinación de manera constante.

La barca del XIX Domingo vuelve aquí con una resonancia distinta. Hay momentos en los que una vida parece recibir demasiados golpes de viento al mismo tiempo. No podemos atribuirnos el poder de evitar cada tragedia ni sería serio elaborar explicaciones simples para realidades tan complejas. Pero sí debemos preguntarnos si las manos disponibles llegaron a encontrarse entre ellas, si la información relevante alcanzó a quien podía actuar y si alguna necesidad quedó precisamente en el espacio que separaba unas competencias de otras.

No se trata de que nosotros lleguemos a todas partes. Se trata de contribuir a que una persona no desaparezca entre una puerta que acaba de cerrarse y otra que todavía no se ha abierto.

Una tecnología al servicio de la misma dignidad

La exigencia de mejorar nuestras respuestas alcanza también a las herramientas que utilizamos. La inteligencia artificial está modificando la investigación, la educación, las profesiones, la Administración y nuestra manera de acceder al conocimiento. Puede ayudarnos a localizar legislación y bibliografía, comparar documentos, ordenar información, preparar materiales, trabajar con datos adecuadamente protegidos o reducir tareas que consumen un tiempo que podría dedicarse a aquello para lo que sigue siendo imprescindible la presencia humana.

Precisamente porque puede resultar útil, necesitamos gobernar su utilización antes de normalizarla.

En Magnifica humanitas, León XIV advierte de que el uso de la inteligencia artificial deja de ser un asunto meramente técnico cuando interviene en procesos que afectan a derechos, oportunidades, reputación o libertad. Señala igualmente los riesgos de confiar decisiones delicadas a sistemas que pueden reproducir estereotipos, presentar como neutrales determinados criterios y diluir la responsabilidad de quienes finalmente deciden sobre otras personas (León XIV, 2026a, nn. 102-105).

En el ámbito penitenciario esta advertencia adquiere especial relevancia. Trabajamos con información jurídica, penitenciaria, sanitaria, psicológica y social extraordinariamente sensible y con personas sometidas ya a numerosos procesos de valoración, clasificación y etiquetamiento. Una herramienta que ayude a comprender mejor una situación puede ser valiosa. Otra cosa muy diferente sería permitir que un resultado algorítmico terminase convirtiéndose, sin suficiente control humano, en una nueva definición de la persona.

La Agencia Española de Protección de Datos ha incorporado a su política interna de uso de IA generativa criterios de gobernanza, análisis de riesgos, protección de los datos, transparencia y supervisión humana. Más recientemente ha insistido también en una cautela elemental: no compartir con estas herramientas datos personales o información delicada o sensible sin las garantías necesarias (Agencia Española de Protección de Datos [AEPD], 2025, 2026).

El Reglamento europeo de inteligencia artificial exige, para los sistemas de alto riesgo, una supervisión humana efectiva destinada a prevenir o minimizar riesgos para la salud, la seguridad y los derechos fundamentales. Esa supervisión exige comprender las capacidades y limitaciones del sistema y evitar una confianza automática o excesiva en sus resultados (Reglamento [UE] 2024/1689, art. 14).

De ahí se derivan criterios muy concretos para nuestro trabajo: protección y minimización de datos, anonimización cuando proceda, verificación de fuentes y resultados, atención a los posibles sesgos, trazabilidad de los materiales utilizados y mantenimiento efectivo de la responsabilidad humana y profesional. La tecnología puede ampliar nuestras capacidades; no puede responder moral ni jurídicamente por nosotros.

León XIV formuló la cuestión con especial claridad el 21 de agosto ante la International Catholic Legislators Network: el progreso tecnológico nos obliga a preguntarnos no solo qué podemos hacer, sino qué debemos hacer. El criterio final es que la inteligencia artificial permanezca al servicio del desarrollo integral de la persona y del bien común y no se convierta en rival de nuestra humanidad (León XIV, 2026e).

También aquí reaparece una convicción que atraviesa todo lo anterior: las herramientas tienen sentido cuando permanecen al servicio de la persona.

Aprender a ocupar nuestro lugar

El 23 de agosto, XXI Domingo del Tiempo Ordinario, Pedro respondió a la pregunta de Jesús con una confesión extraordinaria: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». E inmediatamente recibió una responsabilidad igualmente extraordinaria: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (CEE, 2010, Mt 16,13-20).

Una semana después, el Evangelio de este 30 de agosto continúa exactamente donde aquel terminó. El mismo Pedro que acaba de recibir las llaves pretende ahora señalar a Jesús cuál debería ser su camino. Quiere apartarlo de una realidad que no encaja en su manera de comprender al Mesías y recibe una respuesta que lo devuelve al lugar del discípulo: «Ponte detrás de mí». Después llega la llamada a cargar con la cruz y seguir (CEE, 2010, Mt 16,21-27).

La proximidad entre ambas escenas resulta particularmente valiosa. Haber acertado al reconocer quién es Jesús no convierte a Pedro en dueño de su camino. Haber recibido una responsabilidad no le ahorra la posibilidad de equivocarse. Apenas unos versículos después de ser llamado piedra puede convertirse en piedra de tropiezo. Necesita continuar escuchando, hacerse cargo de una realidad que no había elegido y aceptar que su lugar sigue siendo el del discípulo.

También nosotros podemos tener buenas intuiciones y equivocarnos al desarrollarlas. Podemos querer ayudar y terminar invadiendo. Podemos defender la participación y escuchar únicamente a quienes confirman lo que ya pensábamos. Podemos hablar de multidisciplinariedad mientras seguimos convencidos de que nuestra disciplina comprende por sí sola el problema completo. Podemos recibir una tarea y, casi sin advertirlo, empezar a comportarnos como si nos perteneciera.

La cruz de la que habla el Evangelio de hoy tampoco debería confundirse con una exaltación del sufrimiento. Hacerse cargo de la realidad no significa buscar dolor, resignarse ante él o justificar aquello que destruye. Puede significar dejar de huir de una verdad que reclama ser afrontada: una adicción, una conducta violenta, una culpa, una pérdida, una relación rota, un daño causado o una necesidad de ayuda que se ha ocultado demasiado tiempo. Responsabilizarse no exige humillarse ni quedar encadenado para siempre a aquello que se hizo. Exige verdad, reparación posible y pasos sostenidos en el tiempo.

Ahí adquiere toda su profundidad la obediencia responsable con la que abríamos estas páginas.

Ponernos al servicio de nuestra Iglesia diocesana y de nuestro obispo no significa renunciar a pensar, investigar, proponer o hablar con parresía. Significa hacer todo eso dentro de una comunión en la que sabemos que no caminamos solos, que nuestros carismas no nos pertenecen y que también nosotros necesitamos ser orientados, completados y, cuando sea necesario, corregidos.

En Rímini, León XIV pidió a movimientos, grupos y comunidades que ensancharan sus vínculos más allá de pertenencias demasiado limitadas y que se abrieran a toda la realidad. Vinculó esa apertura con una Iglesia sinodal en la que cada uno escucha, se deja transformar por la fe y la experiencia de los demás y camina junto a otros bajo la guía de los pastores. La autoridad, en esa perspectiva, se convierte en servicio y los carismas encuentran su sentido cuando contribuyen al bien común (León XIV, 2026f).

Esa manera de caminar dentro de la Iglesia no debería encerrarnos en ella. Al contrario, puede educarnos para colaborar mejor con quienes poseen conocimientos, responsabilidades y convicciones diferentes de las nuestras. Instituciones públicas y privadas, universidades, colegios profesionales, centros educativos, organizaciones sociales, empresas y asociaciones que quizá no compartan nuestra fe pueden compartir con nosotros diagnósticos, saberes y tareas alrededor de una misma dignidad humana.

No necesitamos diluir nuestra identidad creyente para trabajar con otros. Necesitamos vivirla con suficiente madurez para comprender que el bien no tiene que llevar necesariamente nuestro nombre para que podamos contribuir a él.

Ahí encuentra también su lugar la antigua intuición del ora et labora. Orar y trabajar no son dos tiempos independientes. La oración debe ayudarnos a discernir cómo trabajamos, con quién, para qué y hasta dónde; el trabajo obliga a que aquello que decimos creer se traduzca en preparación, ciencia, método, responsabilidad y perseverancia.

En Magnifica humanitas, León XIV formula esta unidad de una manera especialmente concreta: «no temamos ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo». E inmediatamente une oración, proyecto, sabiduría, perseverancia, Dios en el horizonte y el ser humano en el centro de nuestras decisiones (León XIV, 2026a, n. 16).

No hay, por tanto, dos caminos paralelos, uno científico y otro espiritual, que debamos esforzarnos en unir artificialmente. Hay una misma realidad que reclama ser conocida con rigor, atendida con competencia y contemplada desde una fe que no nos permite desentendernos de ella.

De la teoría a la tarea compartida

El curso que comienza nos pide convertir principios suficientemente claros en trabajo concreto y conservar después la humildad y el método necesarios para comprobar si aquello que hacemos sirve realmente.

Tendremos que conocer mejor los recursos de nuestro entorno y a quienes los sostienen; acercar universidad, investigación y realidad penitenciaria; fortalecer la colaboración con colegios profesionales, administraciones, entidades sociales, centros educativos, organismos y empresas; mejorar nuestra formación; cuidar especialmente determinados tránsitos entre prisión y libertad; avanzar, con preparación y garantías, en procesos de justicia restaurativa; utilizar responsablemente las nuevas tecnologías; escuchar a las personas directamente implicadas y evaluar con rigor las actuaciones que decidamos emprender.

No todo tendrá que convertirse en un programa nuevo. En ocasiones será mucho más útil conseguir que dos recursos que trabajan sobre necesidades relacionadas se conozcan, que exista un interlocutor reconocible cuando aparezca un problema, que una derivación no termine en un teléfono que nadie contesta o que determinada información pueda llegar, con las garantías debidas, a quien tiene competencia para actuar.

Tampoco necesitamos comenzar a lo grande. Necesitamos comenzar con sentido: con actuaciones razonables, verificables y evaluables; aprendiendo de quienes llevan años trabajando; pidiendo ayuda cuando sea necesaria y rectificando cuando la evidencia, la experiencia o el discernimiento indiquen que algo no funciona como habíamos previsto.

Habrá iniciativas que den fruto y otras que deban modificarse. Encontraremos competencias que no nos correspondan, instituciones cuyos tiempos no coincidan con los nuestros, errores propios que tendremos que reconocer y situaciones para las que quizá no encontremos respuesta. También habrá personas que vuelvan a equivocarse después de haber recibido oportunidades. Trabajar por la reinserción no concede capacidad para garantizar el desenlace de ninguna vida, del mismo modo que acompañar nunca otorga el derecho a dirigirla desde fuera.

Pero la incertidumbre sobre el resultado no elimina nuestra responsabilidad respecto de las condiciones que contribuimos a construir.

Ahí confluyen las distintas perspectivas que hemos ido recorriendo. El artículo 25.2 de la Constitución nos obliga a tomarnos en serio la orientación reinsertadora de la pena. La criminología nos recuerda que los procesos de desistimiento necesitan algo más que voluntad individual. La justicia restaurativa devuelve al centro el daño, la víctima, la responsabilidad y las posibilidades de reparación. La experiencia penitenciaria muestra un tejido amplio de intervenciones y precisamente por ello nos obliga a conocerlo y conectarlo mejor. Las vidas que se pierden dentro y fuera de prisión nos advierten, con toda la prudencia que estos asuntos exigen, de la gravedad que pueden alcanzar determinadas situaciones de vulnerabilidad y discontinuidad. Las nuevas tecnologías reclaman criterios, garantías y responsabilidad. Y nuestra fe nos impide aceptar que una persona haya quedado definitivamente explicada por su peor momento.

También los cuatro domingos que nos han traído desde nuestra anterior entrada del 3 de agosto hasta este comienzo de curso van componiendo un recorrido reconocible: el 9 de agosto, una barca zarandeada, el miedo y una mano que se extiende; el 16, una mujer extranjera que se niega a aceptar que su lugar definitivo esté fuera de la mesa; el 23, Pedro recibe una responsabilidad enorme; y el 30, ese mismo Pedro debe descubrir que haber recibido una misión no significa haberse convertido en dueño del camino (CEE, 2025).

Quizá podamos reconocernos en algo de todo ello.

El Programa Tres Pilares no comienza este curso desde una posición de llegada. No poseemos un modelo terminado que ahora corresponda aplicar sobre otros. Tenemos camino recorrido, algunas convicciones que se han ido haciendo más sólidas, preguntas que siguen abiertas, conocimientos que debemos continuar contrastando y una tarea que, si quiere ser coherente con aquello que proclama, necesariamente tendrá que ser compartida.

León XIV nos invitó en Madrid a tejer redes y pocos días después, dentro de Brians 1, recordó que ninguna historia humana tiene por qué quedar encerrada para siempre en sus errores. Sus intervenciones posteriores han seguido abriendo un horizonte coherente: superar el miedo al otro; ensanchar los vínculos más allá de pertenencias demasiado estrechas; caminar sinodalmente; tender puentes entre ciencia, instituciones, comunidades y fe; poner la tecnología al servicio de la persona; y asumir la responsabilidad de entrar en la realidad sin pretender dominarla (León XIV, 2026a, 2026b, 2026d, 2026e, 2026f, 2026g).

No nos corresponde fabricar al hombre o a la mujer que imaginamos que deberían llegar a ser. Tampoco decidir desde arriba quién cambiará, cuándo lo hará o hasta dónde podrá llegar. Nuestra responsabilidad es más humilde y, precisamente por eso, bastante más exigente: hacer bien la parte que nos corresponde para que pueda asumirse la responsabilidad; para que el daño encuentre cauces de reparación cuando sea posible; para que la víctima sea reconocida y protegida; para que el acompañamiento no termine necesariamente en la puerta de la prisión; para que los recursos lleguen a encontrarse; y para que quien quiera levantarse no descubra que todas las puertas habían sido cerradas de antemano.

Quizá así vaya haciéndose visible algo de ese hombre o esa mujer que Dios sueña mejor. Y quizá nosotros seamos, en efecto, solamente herramientas que pueden contribuir a abrir ese camino: herramientas imperfectas, necesitadas también de formación y discernimiento, que han de conocer sus límites, aceptar orientación y corrección, aprender de otras y comprender que funcionan mejor cuando no trabajan solas.

Herramientas capaces de tender una mano sin apropiarse de la vida de quien la necesita; de mirar a quien permanece fuera sin reducirlo a la etiqueta que arrastra; de asumir una responsabilidad sin convertirla en dominio; y de recordar, cuando creamos conocer demasiado bien el camino que otro debe recorrer, que también Pedro tuvo que aprender a ponerse de nuevo detrás y seguir.

Con fe y esperanza, ciertamente, pero también con ciencia, método, responsabilidad, parresía, comunión y perseverancia.

Y con las manos dispuestas para la tarea.


Fuentes

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Agencia Española de Protección de Datos. (2026, 27 de enero). La AEPD publica un decálogo con recomendaciones para proteger la privacidad al usar herramientas de IA. https://www.aepd.es/prensa-y-comunicacion/notas-de-prensa/aepd-publica-decalogo-recomendaciones-proteger-privacidad-al-usar-ia

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