Desde Dentro, 16 de marzo 2026 - Devolver la Vista

Publicado el 16 de marzo de 2026, 0:00

Devolver la vista al sistema penitenciario

Entre el reglamento, el Evangelio y la criminología

Desde Dentro - lunes, 16 de marzo 2026

Desde dentro

Hay sonidos que solo se entienden cuando se han escuchado muchas veces. El cierre metálico de una puerta, el chirrido del rastrillo, el eco de los pasos en un pasillo largo, la conversación en voz baja en un patio pequeño donde el cielo se ve recortado.

En prisión se aprende también a mirar de otra manera. O, con el paso del tiempo, a dejar de mirar lejos.

La vida cotidiana entre muros no solo organiza horarios y movimientos. Termina modelando expectativas, percepciones y hasta la forma de imaginar que el futuro existe.

Comenzar por lo civil

Hablar de prisión con honestidad exige comenzar por la parte civil, por la parte ciudadana del Eje 25. Comenzar por aquello que nos compromete como comunidad política organizada. No por intuiciones bienintencionadas ni por aproximaciones meramente emocionales, sino por un mandato jurídico claro.

El artículo 25.2 de la Constitución Española establece que las penas privativas de libertad deben orientarse hacia la reeducación y la reinserción social.

No se trata de una cláusula ornamental, de un recurso para adornar y tampoco de una concesión humanitaria. Define el sentido estructural del sistema penitenciario en un Estado social y democrático de Derecho.

Encerrar no basta. La pena, en clave constitucional, debe contribuir a que quien ha delinquido pueda volver a vivir sin delinquir.

Y, sin embargo, el debate público continúa girando muchas veces en torno al endurecimiento y la alarma, mientras la reinserción queda relegada a un segundo plano, como si fuera un lujo y no una condición de seguridad duradera.

Reinserción y prevención real

Desde la criminología sabemos que esta orientación responde también a criterios de eficacia preventiva. Las investigaciones sobre desistimiento delictivo muestran de forma consistente que el cambio personal se consolida cuando existen vínculos sociales positivos, oportunidades reales y la posibilidad de construir una identidad distinta del delito. Cuando estos elementos no aparecen, la reincidencia deja de ser una anomalía y pasa a convertirse en una consecuencia estructuralmente previsible.

No es solo una cuestión de voluntad. Es también una cuestión de contexto… Y los contextos también se diseñan, se administran y se pueden mejorar.

Sin embargo, existen factores menos visibles que influyen profundamente en estos procesos. Factores silenciosos, cotidianos, casi invisibles para quien no ha pisado nunca un módulo ni ha escuchado el temor real de quien duda si será capaz de sostener su vida fuera.

Cuando el horizonte se estrecha

En muchos espacios penitenciarios la mirada se acostumbra durante años a distancias cortas, a muros cercanos, a patios limitados o a cielos fragmentados por estructuras de seguridad. Esta experiencia cotidiana no es neutra. Condiciona la forma de situarse ante la realidad y puede contribuir a generar una sensación progresiva de clausura vital, de horizonte suspendido.

Diversas investigaciones han señalado además que la exposición prolongada a entornos interiores con escasa luz natural y predominio de tareas visuales a corta distancia puede asociarse con una mayor prevalencia y progresión de la miopía, subrayando la importancia del tiempo al aire libre y de la variación de las distancias de enfoque (Morgan et al., 2012; Rose et al., 2008). El ojo humano necesita distancia. Necesita horizonte.

Pero no estamos solo ante una cuestión oftalmológica sin más, a una cuestión de salud personal. Estamos ante una experiencia existencial.

Porque cuando una persona deja de poder imaginar un futuro distinto, la pena empieza a prolongarse más allá de la condena.

Prisionización, entorno y percepción

La criminología clásica ya describió cómo la vida en instituciones cerradas transforma la experiencia perceptiva y social del individuo. La prisionización implica adaptarse a un entorno altamente regulado, donde la autonomía se reduce y el horizonte personal puede percibirse como suspendido.

A veces la prisión enseña a sobrevivir dentro, pero no siempre enseña a volver a vivir fuera.

Cuando esta adaptación se prolonga sin contrapesos tratamentales y relacionales sólidos, la salida en libertad puede convertirse en una nueva forma de desorientación (Clemmer, 1940; Goffman, 1961).

Más recientemente, los estudios sobre geografía carcelaria y arquitectura penitenciaria han puesto de relieve que el diseño espacial, la iluminación natural y la organización del entorno influyen en el bienestar psicológico, la identidad y los procesos de reinserción de las personas privadas de libertad (Jewkes, 2018; Moran, 2015). El entorno no es solo escenario. También educa. También limita. También puede abrir o cerrar horizontes.

Por eso hablar de reinserción implica también preguntarse por las condiciones concretas en las que se vive la pena.

La tensión inevitable

Esta reflexión convive con una tensión real que quienes conocen el sistema penitenciario identifican sin dificultad. La prisión es, ante todo, un espacio donde deben garantizarse la seguridad y la convivencia. El reglamento, las normas internas y la gestión del riesgo son imprescindibles para proteger a internos y profesionales y para asegurar un marco estable. Sin estabilidad institucional no hay intervención tratamental posible.

Pero tanto la Ley Orgánica General Penitenciaria como su reglamento recuerdan que esa seguridad no es un fin en sí mismo, sino una condición al servicio del mandato constitucional de reinserción.

Cuando la lógica del control ocupa todo el campo de visión, se corre el riesgo de que el régimen se viva como un fin autónomo y de que la finalidad tratamental quede relegada. Y cuando eso ocurre, no solo se debilita la reinserción.

También se empobrece la justicia y se debilita la confianza social en el propio sistema penal y penitenciario.

Curar en sábado

El Evangelio del ciego de nacimiento ofrece aquí una analogía sugerente e incómoda. Jesús devuelve la vista a un hombre marginado, pero lo hace en sábado, cuestionando una interpretación rígida de la norma. La reacción no se dirige tanto contra la curación como contra la alteración del marco establecido.

El hombre que recupera la visión deja de ocupar el lugar pasivo que se le había asignado. Recupera palabra. Recupera criterio. Recupera dignidad.

Algo similar puede ocurrir cuando una persona privada de libertad comienza a reconstruir su trayectoria vital. El cambio personal no solo transforma al individuo. Obliga también a los demás a revisar certezas que parecían inamovibles.

La mirada que acompaña

En España, el voluntariado de Pastoral Penitenciaria ha acompañado durante décadas estos procesos desde una presencia discreta y constante en los centros. Los materiales de reflexión que semanalmente nos hacen llegar desde el Área Religiosa del Departamento de Pastoral Penitenciaria (¡Gracias, Pedro Fernández Alejo!), para las celebraciones litúrgicas, ayudan a recordar que la persona presa no puede reducirse a su delito ni a su expediente. Invitan a comprender que muchas trayectorias delictivas están atravesadas por exclusión social, rupturas afectivas y ausencia de oportunidades.

Esta mirada no elimina la responsabilidad por el daño causado. Las víctimas forman parte imprescindible de cualquier reflexión seria sobre el sistema penal.

Pero un sistema penitenciario que solo pone su mirada en el pasado corre el riesgo de perder eficacia respecto al futuro.

Conversión personal, conversión institucional

En el ecuador de la Cuaresma esta reflexión invita a ampliar el foco. No solo las personas necesitan reconstruirse. También los sistemas.

Curar la mirada del sistema penitenciario implica preguntarse si los itinerarios tratamentales tienen continuidad real, si las reformas legislativas favorecen procesos de reinserción efectivos y si los entornos cotidianos motivan o desmotivan el cambio.

La reinserción no es ingenuidad. Es prevención inteligente y también Justicia bien entendida.

Hacer vivo el Eje 25

Hacer vivo el Eje 25 exige ciencia, responsabilidad institucional y acompañamiento humano.

Porque la seguridad no se construye únicamente levantando muros. Se construye también generando horizontes. Cuando alguien vuelve a creer que puede empezar de nuevo, no solo cambia una vida. Cambia también la mirada y la calidad moral de toda la comunidad.

Addenda científica

Entorno físico, percepción y adaptación al encarcelamiento

Investigaciones oftalmológicas han señalado que la escasa exposición a luz natural y la predominancia de tareas visuales a corta distancia pueden asociarse con mayor prevalencia y progresión de la miopía, subrayando la importancia del tiempo al aire libre y de la variación de distancias visuales (Morgan et al., 2012; Rose et al., 2008).

Desde la criminología clásica, Clemmer (1940) describió el proceso de prisionización como una adaptación progresiva a la cultura institucional, mientras que Goffman (1961) conceptualizó las prisiones como instituciones totales capaces de transformar la experiencia perceptiva, social y emocional del individuo.

Estudios contemporáneos en geografía carcelaria y arquitectura penitenciaria han puesto de relieve que el diseño espacial, la iluminación natural y la organización del entorno influyen en el bienestar psicológico, la identidad y los procesos de reinserción de las personas privadas de libertad (Jewkes, 2018; Moran, 2015).

Referencias Bibliográficas (formato APA 7)

Clemmer, D. (1940). The prison community. Holt, Rinehart and Winston.

Goffman, E. (1961). Asylums: Essays on the social situation of mental patients and other inmates. Anchor Books.

Jewkes, Y. (2018). Just design: Healthy prisons and the architecture of hope. Australian & New Zealand Journal of Criminology, 51(3), 319–338. https://doi.org/10.1177/0004865818766768

Moran, D. (2015). Carceral geography: Spaces and practices of incarceration. Routledge. https://doi.org/10.4324/9781315570853

Morgan, I. G., Ohno-Matsui, K., & Saw, S. M. (2012). Myopia. The Lancet, 379(9827), 1739–1748. https://doi.org/10.1016/S0140-6736(12)60272-4

Rose, K. A., Morgan, I. G., Smith, W., Burlutsky, G., Mitchell, P., & Saw, S. M. (2008). Outdoor activity reduces the prevalence of myopia in children. Ophthalmology, 115(8), 1279–1285. https://doi.org/10.1016/j.ophtha.2007.12.019