
Febrero 2026, De La Ceniza A La Luz Y Del Barro A La Reconstrucción
Desde Dentro - Sábado, 21 de febrero 2026
Eje 25: Criminología, Dignidad y Exclusión Social en Extremadura: Leyendo el IX Informe FOESSA desde el Sistema Penitenciario
Febrero de 2026 no ha sido solo un mes “intenso”. Ha sido un mes revelador. Nos ha puesto delante, sin margen para la distracción, lo que puede pasar cuando la fragilidad se vuelve estructura y la exclusión se convierte en destino probable.
Lo escribimos desde una experiencia concreta: acompañamos a personas encarceladas y trabajamos en una red eclesial que no quiere vivir de intuiciones, sino de intervención responsable.
Somos voluntarios, sí, pero no improvisados: venimos con o sin formación académica específica; unos aportamos conocimiento y experiencia desde la criminología, el derecho, la salud, la psicología, la sociología o la gestión pública y otros sus “fuerzas y sus luces y las consagra al bien de los demás” como nos dejó dicho Melchor de Jovellanos.
Y todos, hombro con hombro, cuando miramos febrero, vemos un mapa que ya no permite neutralidad.
Febrero ha entrado sin pedir permiso, despertándonos de la pasividad de las fiestas de Navidad.
Primero por el cielo, con borrascas encadenadas, agua y viento golpeando, daños visibles y una sensación común de vulnerabilidad material.
Después por los muros de algunas cárceles, con episodios de conflictividad penitenciaria que recuerdan algo elemental: el control social también tiene límites cuando se acumulan riesgo, desgaste, tensión emocional y desesperanza.
Y luego, por dentro: el Miércoles de Ceniza (18 de febrero) abrió el tiempo de conversión, ayuno, caridad y oración, entendido aquí sin romanticismos, como una disciplina para revisar lo real y corregir inercias, no como un rito estético que tranquiliza conciencias.
En paralelo, FOESSA puso cifras y estructura a lo que demasiadas veces dejamos en el terreno de las impresiones. Se presentó en Mérida ayer viernes 20 de febrero, con formato institucional ante medios y hemos trabajado hoy, 21 de febrero, en Aceituna como eje central de la XXXII Jornada Diocesana de Cáritas Coria-Cáceres, en un registro más comunitario y operativo. Y allí, de forma especialmente clara, Paco Delgado nos ha puesto voz a las conclusiones de un equipo de trabajo, recordando el método que no falla cuando la realidad aprieta: VER, JUZGAR, ACTUAR.
Todo esto, unido, no describe un mes movido. Describe una dirección. O mejoramos modelos (sociales y penitenciarios) o la exclusión seguirá empujando personas hacia el borde; desde el borde, hacia el conflicto; y del conflicto, hacia el circuito penal y penitenciario, donde el coste humano se multiplica y el margen de reconstrucción se estrecha.
Si tuviéramos que sintetizarlo en una sola frase, sería esta: amar la debilidad de las personas (y la debilidad de nuestros sistemas) no es un eslogan piadoso, es una tarea estructural que exige revisar modelos, lenguajes y prioridades. Y cuando hablamos de sistema penitenciario, hablamos del todo: internos y excarcelados, sí, pero también familias y víctimas, instituciones y comunidad. Porque cuando el tejido social se rompe, la reinserción deja de ser un itinerario y se convierte en un salto al vacío.
Ese es, para nosotros, el sentido del Eje 25: dignidad como criterio de intervención y reinserción como finalidad exigible. No como frase para un cartel, sino como brújula para decidir qué hacemos, cómo lo hacemos y qué resultados buscamos. Y aquí entra la parresía: no callar lo que se sabe, no maquillar lo que se ve, no reducir la acción a una asistencia que solo calma momentáneamente.
Ver: cuando la exclusión deja de ser dato y se convierte en prisionización
El ver de hoy no puede ser ingenuo. FOESSA ha ordenado una evidencia que en prisión se vive como paisaje humano: empleo, vivienda y conflictividad social aparecen como disparadores centrales de exclusión. Ese triángulo no es una infografía: es un mecanismo de fragilización. La precariedad laboral no solo baja ingresos; erosiona identidad, proyecto y red. La vivienda frágil no es solo “techo”; es pérdida de suelo, y sin suelo no hay itinerario, solo supervivencia. La conflictividad social, cuando se cronifica, deja de ser incidente y se convierte en atmósfera: polarización, ruptura comunitaria, discursos simplistas que piden castigo como sustituto de justicia.
Aquí dentro, esas categorías tienen nombres. Se ven en el interno que no tiene salida real porque fuera no hay vivienda estable. Se ven en la familia que se agota hasta el silencio porque sostener visitas, trámites, desplazamientos y esperanza exige una energía que la exclusión devora. Se ven en el excarcelado que regresa a un entorno sin oportunidades donde lo informal aparece como puerta rápida. Se ven en la víctima que queda atrapada en un dolor sin reparación significativa. En ese contexto, el delito deja de parecer una sorpresa aislada y empieza a parecer, demasiadas veces, una trayectoria con riesgo creciente cuando se acumulan desarraigo, carencias y ausencia de redes.
Y aquí conviene nombrar, con precisión y sin sensacionalismo, una dinámica que agrava ese riesgo: la despersonalización institucional. Nosotros la hemos llamado —como metáfora analítica— “trata de la identidad”: el paso gradual del nombre al número, de la biografía al expediente, del rostro a la etiqueta. No hablamos de conspiraciones; hablamos de inercias. De rutinas que, por necesidad de control, pueden terminar sustituyendo el reconocimiento humano. De procedimientos que se protegen a sí mismos antes que a las personas. De un lenguaje administrativo que, si no se vigila, convierte a la persona en objeto de gestión. Y cuando esa despersonalización se normaliza, se intensifica la prisionización, aumenta la tensión y se degrada el vínculo. No es un asunto de sensibilidad; es una dinámica institucional con efectos medibles.
Este ver incluye también nuestra fragilidad como red de acompañamiento. El envejecimiento del clero y del voluntariado no es solo relevo: es sostenibilidad. La burocracia roba presencia y la presencia es el núcleo del acompañamiento serio. La formación específica no es un extra: es responsabilidad, porque intervenir en prisión sin competencia técnica es buena voluntad sin impacto. Y, como telón de fondo, asoma un riesgo político ya conocido: regresar a modelos asistencialistas que reparten sin transformar, alivian sin empoderar y gestionan recursos sin tocar causas.
Ver, en clave adulta, es dejar que la realidad duela lo suficiente como para no seguir igual.
Juzgar: parresía, método, dignidad
Juzgar no es condenar. Juzgar es confrontar la realidad con criterios que resisten el autoengaño. Las lecturas de estas semanas han sido exigentes: sal y luz, ley en plenitud, ceniza sin teatro, desierto sin atajos. Traducidas a intervención, dicen algo muy sencillo: o entramos en contacto con la realidad o nuestra presencia se vuelve decorativa; o iluminamos zonas ciegas (lenguajes, rutinas, inercias) o legitimamos sombras por omisión. Y dicen también que la legalidad, sin finalidad humana, puede convertirse en un frío cumplimiento que administra, pero no reconstruye. La justicia que solo administra termina fabricando resentimiento.
La Ceniza añade un examen que el sector social conoce bien: intervención sin trompeta. Menos escaparate, más transformación. Menos indicadores de cantidad, más indicadores de reconstrucción. Y el desierto denuncia los atajos que se han vuelto norma en demasiados ámbitos: lo inmediato sin estructura, el espectáculo sin evaluación, el poder sin solución. En política social y penal, esos atajos producen mano dura sin resultados, asistencia sin emancipación y burocracia sin persona.
En Aceituna surgió, además, una cuestión que conviene incorporar con honestidad metodológica. Al preguntar por el equipo técnico del informe, se mencionaron perfiles valiosos. Y aun así, si conflicto social aparece como dimensión relevante, es razonable plantear la conveniencia de incorporar criminólogos en futuros diagnósticos. No por corporativismo, sino por coherencia: la criminología aporta análisis de génesis del conflicto, factores de riesgo y protección, prevención, mediación, justicia restaurativa y evaluación de programas. Si se estudia conflictividad sin criminología, se puede describir bien el síntoma y actuar con insuficiencia sobre la causa.
Aquí encaja el principio que, en las jornadas de lo social de Pastoral Penitenciaria, Luis Aranguren formuló con una claridad difícil de esquivar: la colaboración leal y profunda entre instituciones eclesiales y entidades civiles solo cambia el panorama si pone al otro como motor, principio y fin de la intervención. No nuestras siglas, no nuestros equilibrios, no nuestras inercias. El otro. Ese criterio es la única garantía de que FOESSA no sea una liturgia anual de datos, sino un mapa para transformar.
Actuar: del reactivo al proactivo, del expediente al nombre
Actuar, después de febrero, no puede ser hacer lo mismo con más cansancio. Es mejorar modelos. Y mejorar modelos exige reconocer el fallo base: el exceso de lógica reactiva.
Reactivo es llegar tarde. Proactivo es detectar antes, sostener antes, reconstruir antes. Proactivo es remover estructuras que producen exclusión y, por tanto, prisionización.
En el sistema penitenciario entendido como un todo, mejorar significa volver a lo esencial: poner a la persona vulnerable en el centro. Recuperar nombre frente a número, historia frente a expediente, vínculo frente a prestación. Reducir burocracia donde sea posible para ganar presencia. Construir itinerarios dentro-fuera para que la excarcelación no sea salto al vacío, especialmente en un contexto donde vivienda y empleo son nodos duros de exclusión.
Y significa profesionalidad: formación específica, coordinación interdisciplinar real, herramientas de evaluación y seguimiento. Significa alianzas operativas entre diócesis, Cáritas, Pastoral Penitenciaria y entidades civiles, sumando sin competir y sin patrimonializar al vulnerable. Y significa incidencia cultural: resistir la tentación de resolverlo todo con castigo y explicarlo todo con culpa individual. Punitivismo e individualismo se retroalimentan como un Jano moderno: menos comunidad, más miedo; más miedo, más castigo; más castigo, más exclusión; más exclusión, más prisionización.
Febrero nos obliga a decirlo sin dramatismo, pero con parresía: amar la debilidad no es resignarse. Es negarse a dar por perdida a ninguna persona y negarse a dar por inmutable ningún sistema. Solo Dios hace lo imposible; a nosotros se nos exige hacer todo lo posible, con ciencia, con ética y con una parresía que no busca aplauso, sino transformación.
Estas palabras no son una homilía.
Son un compromiso de intervención: voluntariado capacitado, crítico y constructivo, capaz de mirar FOESSA sin fatalismo y traducirlo en responsabilidad penitenciaria. Porque si la exclusión social es factor de prisionización, corregir la exclusión no es un extra social: es una estrategia central de reinserción y, en último término, de seguridad humana y cohesión democrática.