
Cuidar La Palabra Para Custodiar La Esperanza
Desde Dentro - viernes, 10 de enero 2026
Anoche, durante la retransmisión de la Supercopa entre el Real Madrid y el Atlético de Madrid, escuché al locutor describir un potente disparo a puerta como un "tiro hecho con violencia".
Así, aisladamente nos pueden parecer unas palabras inocuas, una expresión aislada; sin embargo, y aun siendo una expresión común que escuchamos frecuentemente, debería hacernos reflexionar profundamente sobre el uso que hacemos del lenguaje.
Como voluntarios, pero también como ciudadanos, debemos ser conscientes de que la palabra importa; pero no como un adorno, como algo expresado con dicción correcta, términos adecuados y entonación precisa, sino porque es la herramienta que configura nuestra realidad.
Un uso inadecuado o, directamente, temerario de términos tan cargados de dolor como "violencia" para describir un la potencia en un disparo de un balón contra la portería contraria conlleva un riesgo invisible pero devastador: la banalización del mal.
El riesgo de las palabras vacías
Cuando estamos llamando "violencia" a la potencia física o al éxito en el juego, estamos diluyendo el verdadero significado de cada palabra. La violencia real es la que rompe vidas, la que genera víctimas y la que nosotros encontramos cada día tras los muros.
Por eso, si vaciamos la palabra de su peso ético y normalizamos su uso en algo tan (aparentemente) inocente como un partido de fútbol, una retransmisión de un concierto o los telediarios, terminamos por también por normalizar su existencia, convirtiéndola en algo cotidiano y, por tanto, reduciendo su carga real haciendo menos reprobables lo que sí es violencia, lo que sí es agresión, lo que sí es intolerancia u odio.
Esta reflexión se vuelve especialmente necesaria en un momento en que nuestro tarea se renueva en este año bajo el nombre de Esperanza, esa misma que hemos celebrado en el año jubilar recién clausurado, pero que sigue presente en nuestro día a día. No podemos construir esperanza si nuestro lenguaje es impreciso o insensible.
Por ello, en este nuevo año me propongo y os propongo:
- Humanizar frente a la automatización: Somo los primeros que criticamos los sistemas que reducen a la persona a un algoritmo o a un frío expediente; por ello debemos evitar un lenguaje que automatice conceptos dolorosos. La verdadera justicia requiere una mirada realmente humana, cara a cara, que reconozca la herida por su nombre.
- La palabra como herramienta de sanación: En la mediación y en el acompañamiento, la palabra que sale por nuestra boca, pero también con nuestro lenguaje no verbal, es nuestra principal vía para la reparación. Si la banalización en el ocio o en la vida cotidiana (el futbol, el telediario, el concierto de música…) no nos remueve y agita el corazón, corremos riesgo de que nuestras propias palabras pierdan su fuerza transformadora en la intervención.
- El lenguaje del "Abba": Hace unas semanas os hablaba de llamar a Dios “Abba” (“Papá”, como cuando éramos niños). Hoy os recuerdo que nuestra fe nos invita a un lenguaje de ternura al sentirnos realmente hijos de ese Dios que es Esperanza y Consuelo. En un entorno donde se vive el contacto como algo punitivo o agresivo, nuestras palabras deben ser el asidero, el enganche, que devuelva la dignidad. Llamar a las cosas por su nombre es el primer paso para la verdadera reinserción.
El túnel de la prisión es a veces muy oscuro, y nuestra misión es ser esa luz que vuelve. Pero esa luz se apaga si el lenguaje social, cuando se banaliza o degrada la realidad del sufrimiento humano, lo hacemos cotidiano y normal.
Si queremos que la esperanza no sea una palabra vacía en un papel oficial, empecemos por cuidar cómo hablamos del mundo. Tengamos y hagamos vivo un uso responsable de la palabra, porque cuando es así ofrecemos un espacio abierto para la dignidad y la libertad.
Unidos en la Esperanza, sigamos trabajando por una palabra que sane y no que banalice.