
Abba Quiere Decir Papá
Desde Dentro - lunes, 28 de julio 2025
La revolución del "Abba": Un Dios que es Papá
La oración que más nos identifica como cristianos, hermanos de un mismo Padre es revolucionaria, rompedora porque surge de la cercanía de Jesús con su Padre y que Él mismo anima a elevar juntos: el Padre Nuestro.
Y dentro de lo revolucionario (más incluso para aquella sociedad judía, rigurosa y normativizada) supuso algo que seguro escandalizó a muchos es la forma con que invita a dirigirse a Dios: “Abba”, una palabra aramea llena de intimidad y cargada de ternura, Abba es nuestro Papá, una de nuestras primeras palabras y con la que siendo niño pequeñitos, casi bebés, llamamos a papá con confianza absoluta, lejos de cualquier formalismo y carente de todo miedo.
En esa raíz se encierra también el milagro de nuestra filiación divina y fraternidad con todos nuestros semejantes; además lo somos de un Dios “que no se queda alegremente en su cielo”, tampoco un Ser Supremo siempre enfadado, al que hay que temer. Tenemos al que nos llama a acercarnos sin reservas, a sentarnos en su regazo y a sentirnos hijos amados, aunque el mundo nos diga lo contrario.
La brújula del voluntariado en la periferia del protocolo
Esta revelación de Jesús seguro que supuso un escándalo para sus coetáneos y nos ofrece un cambio radical en nuestra manera de orar y de entender la vida comunitaria. De este cambio no se libra nuestra tarea como voluntarios de la pastoral penitenciaria; es más bien una realidad que debe servir como brújula que ilumina cada encuentro, cada palabra y cada gesto, además lo hace en un entorno frio, seco, ruidoso… nos orienta en cada rastrillo, en cada puerta de seguridad, en cada registro, en cada proceso de identificación, en cada orden de seguridad que se nos transmite.
La cárcel, no solo tiene concertinas y muros elevados; está también marcada por muros y barreras invisibles. La distancia allí dentro no es solo física, lo es también emocional y social. El trato entre internos y profesionales está marcado con una pesada losa en forma del “usted” presente en cada conversación, pregunta o petición, también por la frialdad de los expedientes, la necesidad del protocolo y la ausencia de lo espontáneo. El tú con el que nos dirigimos a nuestros hermanos en cualquier dialogo, no existe dentro del recinto de seguridad en el lenguaje diario: el reglamento, las normas lo exigen, y con ello aparece esa sensación de extrañeza que se vuelve cada vez más pesada, y que va sumando soledad a la soledad.
El puente de la fraternidad frente al aislamiento
A este aislamiento y distanciamiento institucional, pueden ver sumada la ruptura afectiva: la vida, los errores, las circunstancias, a menudo les han alejado de sus familias —padres, madres, hijos, hermanos, parejas, amigos— a veces hasta el punto de que su único contacto cercano somos los hermanos del voluntariado.
Y aunque no podemos sustituir a su familia de sangre, en nuestra pequeñez intentamos ser ese puente de vínculo y pertenencia, la voz y el oído que acogen, la presencia fiel que no juzga. Nos reconocemos, junto a ellos, hijos de un mismo Padre… perdón, de un mismo Papá cercano, amoroso y acogedor; en el misterio de la fe y la fraternidad, nos sabemos y reconocemos como hermanos en Cristo, que tenemos encarnado en todos y cada uno de esos hermanos privados de libertad.
Manos enlazadas: Un signo sanador tras los barrotes
Cada vez que rezamos juntos el Padre Nuestro tenemos la costumbre de unir nuestras manos, de manera espontánea, libre y este gesto cobra una fuerza única y sanadora. Con este signo llegamos a desbordar las palabras y las normas, porque mientras se mantiene el formalismo en toda la vida carcelaria, este pequeño acto introduce una ruptura sagrada en la dinámica de la prisión.
Cuando enlazamos las manos—internos, voluntarios, a veces también profesionales—no solo oramos juntos, sino que materializamos visiblemente la comunión y la esperanza de que nada puede romper los lazos que el mismo Dios nos ofrece, lazos que nos convierten en hermanos, miembros vivos de una misma familia espiritual y un solo cuerpo en Cristo.
Este simple contacto físico, tantas veces negado en lo cotidiano, para muchos internos extrañados supone el primer gesto fraterno, la primera caricia recibida en meses o años, la prueba de que todavía existe en el mundo un lugar donde pueden sentirse acogidos.
El apretón de una mano, el calor humano compartido, la sincronía de voces, es un signo real y palpable, símbolo tangible y vivo que demuestra que tras los barrotes y el silencio, vive nuestro “Abba” y que nos une a todos. Rezamos “Padre Nuestro”, y el surge un pequeño milagro: aunque no nos vean iguales, aunque la vida haya recluido a esos hermanos y que la sociedad los suela marginar, somos verdaderamente hermanos; y lo somos como cuando niños llamábamos como hijos confiados, pequeñitos, a nuestro papá y que con esta oración que Jesús nos regaló, nos mostramos todos necesitados del mismo abrazo de Papá Dios.
Testigos de esperanza y dignidad redimida
En medio de la sociedad digital, nos parece cada vez más fácil comunicarnos, pero en el entorno penitenciario los nuevos lenguajes se convierten en barreras: los internos muchas veces carecen de acceso a la tecnología, a la información o a la posibilidad de escribir un mensaje, hacer una llamada, recibir una visita o simplemente escuchar el sonido de un nombre propio dicho con cariño. En ese terreno aparentemente árido, los voluntarios nos hacemos testigos del anhelo de comunicación, y nos esforzamos por crear puentes: a través de la escritura de cartas, talleres, grupos de escucha, lecturas compartidas, celebraciones sencillas… y siempre, en el momento más profundo, tendiendo nuestras manos en la oración común.
No somos ingenuos: sabemos que nuestra presencia no suple el dolor y la ausencia de la familia, y que las heridas abiertas por el aislamiento o los errores del pasado no se llenan con palabras bonitas. Sin embargo, sí podemos—cada uno en nuestra pequeñez—ser signos vivos del amor de Dios, testigos de que el futuro no está cerrado, de que la misericordia es posible y de que siempre hay camino hacia la reconciliación y la dignidad redimida. En cada gesto sencillo, en cada mano enlazada, resuena la promesa de Jesús: “Padre Nuestro, que estás en el cielo…”, que es lo mismo que decir: “Papá, te necesito. Sigo siendo tu hijo. No me sueltes”.
Una misión de humanidad que vence distancias
Nuestra labor como voluntarios es, por tanto, una misión de humanidad: escuchar sin juzgar, mirar a los ojos, llamar por el nombre, compartir las lágrimas y las esperanzas. Es crear espacios donde los internos puedan volver a confiar, a abrirse a la ternura, a reconstruir la autoestima herida y a descubrirse, aunque todo les invite a resignarse, como dignos de amor y de futuro. Nuestra mayor alegría es asistir a los pequeños milagros: una reconciliación familiar a través de una carta, la paz recobrada en la oración, el regreso a la fe o el dar sentido y dignidad a lo cotidiano desde la pobreza y la fragilidad.
El gesto de unir las manos al rezar el Padre Nuestro es, finalmente, el lenguaje que vence todas las distancias: encarna la Iglesia viva, la fraternidad real, la certeza de que Dios está presente incluso en la celda más aislada, en el corazón más roto. Por encima de barrotes, formalismos y protocolos, la gracia de sentirnos hijos—de un mismo “Abba”—nos enseña que el Evangelio no se detiene ante ningún muro, y que es posible vivir, aun en los márgenes de la sociedad, la alegría y la esperanza de un abrazo paterno y fraterno que no conoce límites.
Que nunca falte entre nosotros la humildad y la valentía de tender la mano, de rezar juntos, de abrazar la vida desde la dignidad que Dios nos da. Porque donde hay un hijo pequeño que clama “Papá”, el amor siempre puede más que cualquier encierro. Y allí donde enlacemos nuestras manos, la fraternidad y la presencia del Padre serán la luz que alumbre el camino, dentro y fuera de la prisión.