
Entrar Sin Estruendo
Cuando el Eje 25 deja de ser formulación y empieza a tocar realidad
Desde Dentro - lunes, 30 de marzo 2026
Entre la celebración del Domingo de Ramos en el centro penitenciario y la salida terapéutica en la que participaron por primera vez estudiantes de la Clínica Criminológica de la UEx, se hizo visible algo más que una coincidencia de agenda: el punto en que dignidad, reinserción y presencia concreta dejan de ser palabras abstractas y empiezan a medirse en la realidad.
Lo vivido el sábado pasado no debería leerse como una simple suma de actividades paralelas. Mientras en el centro penitenciario celebrábamos el Domingo de Ramos, un grupo de internos autorizados participaba en la salida terapéutica programada junto a voluntarios y, por primera vez, alumnado del Grado en Criminología y del Doble Grado en Criminología y Derecho de la Universidad de Extremadura, ya incorporado al recorrido inicial de la Clínica Criminológica. Lo sucedido fue, más bien, una imagen especialmente expresiva de lo que el Eje 25 viene tratando de sostener desde hace tiempo: que la dignidad no desaparece tras los muros y que la reinserción, si quiere ser algo más que una palabra honorable, tiene que descender al suelo de los hechos, de los vínculos y de la responsabilidad compartida.
Se dieron dos escenas.
Pero una sola pregunta de fondo.
Porque, si se mira bien, tanto dentro como fuera del centro penitenciario estaba en juego algo muy parecido: cómo entrar en la realidad del otro sin estruendo, sin superioridad, sin tópicos y sin simplificaciones prematuras. Cómo acercarse a la prisión sin reducirla ni a un decorado de sufrimiento ni a una maquinaria abstracta de gestión. Cómo sostener presencia, método y responsabilidad allí donde la biografía, el daño, la institución, la esperanza y los límites comparecen mezclados, tensos y sin soluciones fáciles.
Ramos, Sí. Pero Con La Pasión Ya Dentro
El Domingo de Ramos no autoriza lecturas ingenuas. Hay aclamación, hay mantos, hay ramos, hay una entrada que por un instante parece reconocimiento público. Pero la Pasión ya está dentro de la escena. Ya está ahí la fragilidad del entusiasmo colectivo. Ya está ahí la rapidez con la que una sociedad puede pasar del gesto exterior al descarte, de la acogida aparente al abandono real.
En prisión esta liturgia adquiere una gravedad especial.
Porque allí la Pasión no se contempla desde lejos. Allí resuenan de otro modo la detención, el juicio, la culpa expuesta, el peso de la condena, la dureza del encierro y esa experiencia lenta, áspera y devastadora de verse reducido, poco a poco, a expediente, a NIS, a clasificación o al tramo más oscuro de la propia biografía. Y, sin embargo, precisamente ahí, la Iglesia proclama que nadie queda expulsado del horizonte de la dignidad. Nadie.
Ese punto importa mucho.
Cuando la Iglesia entra de verdad en prisión, no entra para poner un barniz piadoso sobre el sufrimiento. Entra para acompañarlo. Entra para escucharlo. Entra para sostenerlo. Entra también, cuando hace falta, para recordar con serenidad firme que la dignidad humana no caduca tras los muros y que el Evangelio no pasa de largo ante las zonas más heridas, más incómodas o más desacreditadas de la condición humana.
No entra para mirar.
Entra para permanecer.
Y permanecer, en estos contextos, nunca es una palabra menor.
El Eje 25, Cuando Deja De Ser Fórmula
En el fondo, eso es justamente lo que el Eje 25 viene intentando expresar. No una consigna sugerente. No una síntesis brillante. Una convergencia especialmente exigente entre Mateo 25 y el artículo 25.2 de la Constitución Española.
De un lado, “estuve en la cárcel y vinisteis a verme”.
Del otro, el mandato de orientar las penas privativas de libertad hacia la reeducación y la reinserción social.
Cuando ambos planos se toman en serio, cambian muchas cosas. La visita deja de ser una escena asistencial para convertirse en presencia comprometida. Y la reinserción deja de ser una cláusula que todos aceptan en abstracto para convertirse en una obligación material, institucional y humana. Entonces la prisión ya no puede pensarse solo como espacio de custodia. Pasa a ser también un lugar donde se mide la calidad moral del sistema, la consistencia práctica de las garantías y la honestidad con la que una sociedad responde al delito sin abdicar de la dignidad de la persona.
El sábado pasado eso se hizo visible con una nitidez poco frecuente.
Dentro del centro se proclamaba una Palabra que no esquiva la herida. Fuera del centro se desplegaba una práctica que intentaba traducir la reinserción al terreno de los hechos. Dentro se afirmaba la dignidad. Fuera se ensayaban condiciones concretas para no vaciarla de contenido.
Y precisamente ahí apareció con una relevancia singular la presencia del alumnado de la Clínica Criminológica.
No como acompañamiento accesorio.
No como ampliación simpática del grupo.
Como signo. Como arranque. Como contraste con lo real.
La Clínica Empezó A Tocar Realidad
Ese es, probablemente, uno de los hechos más significativos de la jornada.
La presencia de los estudiantes de Criminología y del Doble Grado en Criminología y Derecho no fue un adorno, ni una ampliación simpática del grupo, ni una nota universitaria añadida a una actividad ya valiosa por sí misma. Fue algo bastante más serio: el momento en que la Clínica Criminológica empezó a contrastarse con la realidad concreta, con sus exigencias, sus límites, su densidad y su verdad.
Dicho de otra forma, la Clínica dejó de ser solo promesa.
Empezó a tocar realidad.
Y eso importa mucho más de lo que a primera vista podría parecer. Importa porque toda disciplina que aspire a intervenir seriamente en el ámbito penal y penitenciario necesita, tarde o temprano, una prueba de realidad. No basta con manejar conceptos, moverse con soltura entre teorías o repetir con corrección un determinado vocabulario técnico. Llega un momento en que el saber tiene que exponerse a contextos donde la responsabilidad, el daño, la exclusión, el derecho, la institución y la posibilidad de cambio comparecen a la vez, sin orden fácil y sin simplificaciones disponibles.
Eso fue, en buena medida, lo que empezó a ocurrir el sábado.
El alumnado no acudía a una visita ornamental. No iba a contemplar desde lejos una actividad interesante para su currículum. No estaba allí para añadir presencia académica a una escena ya construida. Su incorporación tenía, y tiene, un alcance mayor. Supone empezar a formar una mirada criminológica en contacto con lo real. Supone exponer el conocimiento a la intemperie de la experiencia. Supone impedir que la criminología se acostumbre a llegar siempre después, a comentar desde la periferia o a aceptar dócilmente un lugar secundario en espacios donde, precisamente, su capacidad de lectura global puede resultar más necesaria.
Ahí hay un comienzo. Y no conviene rebajarlo.
Porque no se trataba solo de que unos estudiantes estuvieran presentes en una actividad valiosa.
Se trataba de que empezaran a comprender, en primera persona y con acompañamiento, que la criminología no cobra sentido pleno en la comodidad del aula, sino allí donde la norma, la biografía, la institución y la comunidad se obligan mutuamente a dialogar.
La Criminología No Puede Seguir Llegando Tarde
Conviene decirlo con claridad. La criminología no es un saber decorativo. No es una disciplina llamada únicamente a describir, clasificar o comentar fenómenos que otros gestionan desde lugares aparentemente más decisivos. Y si acepta sin resistencia ese papel, termina reduciéndose a un saber lateral, elegante quizá en algunos foros, pero insuficiente en aquellos lugares donde la realidad exige algo más que diagnósticos parciales o compartimentos estancos.
La presencia de los alumnos de la Clínica en la salida terapéutica permitió afirmar, aunque todavía de forma inicial, algo que conviene sostener con mucha más fuerza: que la criminología tiene un lugar propio, no subsidiario, en la comprensión y articulación de la realidad penitenciaria. No porque sustituya a otras disciplinas. No porque invada competencias ajenas. No porque pretenda absorber funciones que corresponden a juristas, psicólogos, trabajadores sociales o equipos técnicos.
No se trata de eso. Se trata de algo más serio.
Se trata de reconocer que hace falta una disciplina capaz de integrar, sin simplificar, aquello que en la práctica aparece demasiado a menudo fragmentado.
La prisión no se deja entender bien si se la mira solo desde el reglamento. Tampoco si se la mira solo desde la gestión administrativa, solo desde el expediente psicológico, solo desde la asistencia social o solo desde la indignación moral. Hace falta una mirada más ancha. Más compleja. Más estructurada. Una mirada capaz de sostener al mismo tiempo norma, biografía, daño, contexto, vínculos, cultura institucional, comunidad, itinerarios de exclusión y posibilidades reales de cambio.
Ese punto hay que reivindicarlo.
No por corporativismo. Por rigor científico. Y por necesidad práctica.
Porque, si la criminología no comparece ahí, en ese nudo donde se cruzan trayectorias vitales, respuestas penales, garantías y pronósticos, corre el riesgo de seguir hablando mucho de la realidad sin entrar apenas en ella.
Empezar A Comprender No Es Lo Mismo Que Estudiar
Hay una diferencia sustancial entre estudiar la prisión y empezar a comprenderla. La primera tarea puede realizarse, al menos en parte, entre manuales, clases, estadísticas y debates doctrinales. La segunda exige algo más. Exige cercanía supervisada. Exige experiencia mediada. Exige ver cómo la categoría se tensa cuando aparece la persona, cómo el concepto se vuelve insuficiente cuando entra en escena la biografía y cómo el sistema deja de ser una abstracción cuando uno advierte que sus inercias, sus decisiones y sus fallos tienen tiempo, nombre y consecuencias muy concretas.
Por eso la presencia del alumnado en la salida terapéutica debe leerse también como un umbral formativo de verdad.
No porque ya se haya alcanzado nada definitivo. No sería serio decirlo así. Sino porque se ha dado un paso que importa. El paso de empezar a mirar la realidad penitenciaria no desde el tópico ni desde la distancia, sino desde una experiencia acompañada, humilde y concreta. El paso de comprender que la criminología, si quiere estar a la altura de su objeto, no puede limitarse a la comodidad del análisis externo. El paso de advertir que el trabajo futuro exigirá no solo conocimiento, sino también método, prudencia, ética, capacidad de escucha y disposición real a dejarse corregir por lo que la realidad muestra.
Ese aprendizaje es académico, sí. Pero no solo.
Es también intelectual en el sentido más exigente del término.
Porque obliga a pensar mejor. Y obliga, además, a pensar con más verdad.
No desde la abstracción tranquilizadora. Sino desde el roce con la realidad.
La Reinserción No Puede Quedarse En Palabra Honorable
También aquí conviene llamar a las cosas por su nombre. La salida terapéutica no fue una actividad lateral ni un complemento simpático del régimen penitenciario. Fue una herramienta inserta en la propia ejecución penal. Fue intervención. Fue tratamiento. Fue una forma concreta de no vaciar de contenido el mandato constitucional de reeducación y reinserción.
Y ahí la presencia del alumnado añade todavía otra capa de relevancia. Porque no solo participaron en una experiencia valiosa. Participaron en un espacio donde la reinserción deja de ser palabra abstracta y empieza a mostrarse como tarea compleja, gradual, discutible a veces, pero ineludible. Pudieron advertir que la ejecución penal no se reduce al encierro y que el verdadero examen de un sistema penitenciario no se juega únicamente en su capacidad de contener, sino también en su capacidad de abrir procesos razonables de responsabilidad, de vínculo y de reintegración.
Eso tiene una consecuencia importante para la propia formación criminológica. Obliga a tomar distancia tanto del idealismo ingenuo como del endurecimiento automático. Obliga a pensar la reinserción no como sentimentalismo ni como indulgencia, sino como exigencia racional, jurídica y socialmente necesaria. Obliga a comprender que una seguridad inteligente no se construye solo con custodia, sino también con intervención seria, con lectura fina de trayectorias y con dispositivos que reduzcan, de verdad, la probabilidad de daño futuro.
Ahí la criminología tiene mucho que decir.
Pero, sobre todo, mucho que demostrar.
Sin Crítica No Hay Criminología Aplicada Digna De Ese Nombre
Cuando la criminología entra de verdad en el ámbito penitenciario, no entra solo en un espacio de observación. Entra también en un espacio de tensión crítica. Porque no basta con describir. Hay que ser capaces de leer dónde fallan los dispositivos, dónde se estrechan indebidamente los márgenes de dignidad, dónde la lógica institucional invade más de lo debido, dónde determinadas garantías se vuelven opacas y dónde la reinserción empieza a vaciarse de contenido práctico mientras sigue invocándose en los documentos.
Esto también forma parte de la tarea.
No fallan solo las personas. Fallan a veces las estructuras. Fallan procedimientos. Falla la traducción del derecho en práctica. Falla la capacidad de articular tratamiento y garantías sin que uno de esos polos termine devorando al otro. Falla, en ocasiones, la comprensión real del expediente como herramienta de defensa y de orientación, y no solo como archivo interno de la administración.
Si la criminología renuncia a leer críticamente todo eso, se convierte en una espectadora pulcra del sufrimiento administrado. Y no está para eso.
Está para comprender mejor, sí. Pero también para señalar mejor, para ordenar mejor, para advertir mejor y para proponer mejor. Con prudencia. Con base empírica. Con fundamento normativo. Pero también con valentía intelectual.
Una valentía sobria.
Sin aspavientos. Sin ruido. Pero con claridad.
Escuchar Antes De Hablar
La primera lectura de Isaías ofrecía una clave de enorme finura: primero el oído, luego la palabra. Primero la escucha, luego la interpretación. Primero dejarse enseñar por la realidad, luego intentar decir algo verdadero sobre ella.
Esta secuencia vale plenamente para la pastoral penitenciaria. Y vale también, sin rebaja alguna, para la formación criminológica.
En prisión, escuchar bien ya es una forma de intervenir.
Explicar bien, también. Traducir bien, más todavía.
Porque uno de los problemas más serios del ámbito penitenciario es su opacidad para quien lo sufre. Y ahí la criminología puede desempeñar una tarea especialmente valiosa: hacer legible una realidad que con frecuencia aplasta precisamente porque se presenta como cerrada, técnica y difícilmente comprensible. Ayudar a traducir. Ayudar a explicar. Ayudar a ordenar. Ayudar a comprender qué sucede, qué puede pedirse, qué límites existen y qué caminos siguen abiertos.
Ese servicio no es menor.
Y tampoco es secundario en la formación del alumnado.
Porque enseña algo decisivo: que el conocimiento serio no consiste solo en saber más cosas, sino en hacerlas inteligibles sin humillar, sin simplificar y sin vaciar de humanidad aquello que se intenta comprender.
Despojarse Del Rango
La carta a los Filipenses añadió otra clave decisiva: Cristo no hizo alarde de su condición, sino que se despojó de su rango.
También aquí hay una lección severa, tanto para la Iglesia como para la Clínica Criminológica. Entrar bien en la realidad penitenciaria exige despojarse de rango. Despojarse de superioridad moral. Despojarse de vanidad académica. Despojarse de esa tentación tan frecuente de convertir la cercanía con el sufrimiento ajeno en escenario de autoafirmación personal o intelectual.
Por eso hay que recordar algo elemental, especialmente cuando entra en escena el alumnado. Las personas internas no son material de prácticas. No son soporte para la brillantez de nadie. No son un pretexto para discursos tranquilizadores. Son personas concretas, en un contexto de alta vulnerabilidad y coerción, y acercarse a ellas exige prudencia ética, claridad de rol, supervisión, límites bien comprendidos y trabajo serio.
Dicho sin rodeos, la entrada de la criminología en este campo solo será legítima si viene acompañada de humildad fuerte, rigor científico y contención profesional.
No de entusiasmo desbordado.
No de reivindicación hueca.
No de tecnificación fría.
Aquí Se Decide El Tono De Lo Que Decimos Defender
Lo que el sábado quedó insinuado, y no es poco, fue una posibilidad de articulación madura entre tres planos que demasiadas veces caminan separados: el espiritual, el constitucional y el criminológico.
La celebración del Domingo de Ramos dentro del centro recordaba que el preso no deja de ser hermano, ni persona, ni destinatario de una presencia que no pregunta primero por la rentabilidad del acompañamiento.
La salida terapéutica fuera del centro recordaba que la reinserción necesita escenarios reales de convivencia, responsabilidad y cuidado, no solo formulaciones normativas.
Y la presencia de los alumnos de la Clínica recordaba, con una claridad especialmente significativa, que hace falta una disciplina capaz de leer científicamente, y con sentido aplicado, ese cruce entre daño, exclusión, respuesta penal, derechos fundamentales, vínculos y pronóstico.
No se trata, por tanto, de espiritualizar la criminología ni de tecnificar la fe.
Se trata de algo más serio.
Se trata de impedir que la fe se vuelva exterior.
Y de impedir que la criminología se vuelva estéril.
Se trata de que la Iglesia no pase por la cárcel solo para consolar sin tocar, siquiera de lejos, las condiciones concretas de dignidad.
Y de que la criminología no pase por la prisión solo para analizar desde lejos lo que debería empezar a comprender desde dentro, con método, con humildad y con responsabilidad.
Punto Final
Quizá esa sea la imagen que este lunes 30 de marzo merece quedar fijada. Hubo ramos dentro del centro y hubo camino fuera de él. Hubo voluntarios sosteniendo ambos espacios. Hubo internos celebrando y hubo internos compartiendo una salida terapéutica. Y hubo, por primera vez, alumnado de la Clínica Criminológica entrando en contacto con una realidad que ya no podía permanecer en el terreno cómodo de la abstracción.
Eso no es un matiz menor.
Es un comienzo. Un comienzo modesto, sí. Pero real.
Y precisamente por eso importa. Porque la Iglesia no puede contentarse con mirar desde fuera.
Porque la reinserción no puede seguir funcionando como palabra noble vaciada de músculo práctico.
Y porque la criminología, si quiere estar a la altura de su nombre, no debería seguir llegando tarde, hablando desde la periferia o conformándose con administrar conceptos.
Tiene que aprender a entrar.
A escuchar.
A leer.
A traducir.
A señalar.
A acompañar.
Y también a reivindicar, con fundamento y sin estridencias, el lugar que le corresponde allí donde la complejidad del sistema penal exige algo más que compartimentos estancos, intuiciones dispersas o respuestas automáticas.
Ahí está el punto.
No en el adorno. No en la pose. No en la consigna.
Ahí. En la dignidad concreta. En la reinserción tomada en serio. En la fe que no se resigna a mirar.
Y en una criminología que empieza, por fin, a dejarse interpelar por la realidad que durante demasiado tiempo ha estudiado desde lejos.