Desde Dentro, 19 de enero 2026 - ¿Qué buscáis tras las rejas?

Publicado el 19 de enero de 2026, 0:00

¿Qué Buscáis Tras Las Rejas?

El Voluntariado Ante El Espejo De La Alteridad

Desde Dentro - lunes, 19 de enero2026

“¿Qué buscáis?”, nos preguntaba ayer el Evangelio.

Esta es una pregunta que, en el contexto de la cárcel, adquiere una densidad ética y política que nos obliga a revisarnos como voluntarios, que nos obliga a parar y pensar para qué y, sobre todo, para quién seguimos haciendo realidad a Mateo 25, 35-36: "35 Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, 36 estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme.

Una pregunta que también nos trae a la memoria la ponencia de Luis Aranguren Gonzalo del pasado 25 de abril en las Jornadas del área social de Pastoral Penitenciaria.

 

El voluntariado "alterado": Más allá del narcisismo asistencial

Luis Aranguren nos tenía expectantes desde ya antes de comenzar a hablarnos; su arranque ya nos puso delante una categoría que a los que allí estábamos nos sirvió de disruptor: el voluntariado alterado.

“¿Qué es eso?” (de la alteridad) preguntó María, tan extrañada como el resto de asistentes.

Pues “eso” se resume en esta frase: No somos voluntarios por una decisión técnica de "gestión del bien", sino porque alguien ha encendido una chispa en nosotros: ese alguien es, o debería ser "el otro" como centro; eso es la alteridad.

 

La alteridad altera, alienta y nos sitúa en alerta.

La experiencia en los programas penitenciarios o incluso nuestra propia presencia en actividades religiosas nos ha hecho conocer que el sistema tiende a la despersonalización del interno: filas para entrar en la Eucaristía, separación por módulos en los talleres, no pararse tras la actividad, volver enseguida al módulo… algo que "fuera" dejamos de sufrir hace años: mujeres separadas de los hombres en los templos, filas de niños saliendo calladitos y ordenados, nada de entretenernos en los billares a la vuelta a casa...

Frente a esto, la parresia cristiana nos exige hablar con claridad en todas direcciones, pero sabiendo que esa voz que clama en el desierto del sistema penitenciario también nos interpela a nosotros: a menudo entramos en la cárcel con "gafas de conquistadores", situándonos en una jerarquía moral donde "nosotros" vamos a "ayudarles" a "ellos".

De la ponencia de Aranguren se extrae una advertencia muy severa: nuestro compromiso puede camuflar un narcisismo espiritual si el otro no logra penetrar realmente en nuestra existencia.

Este "ayudar" desde una posición de supremacía moral es una visión distorsionada del servicio. El Evangelio y la ética real brotan del rostro del otro, allí donde el sufrimiento se vuelve carne e interpelación. Si la presencia del hermano privado de libertad no nos "destartala", no nos remueve como también alguien dijo al final de la ponencia, no nos "desnuda" de nuestros prejuicios ni nos obliga a quitarnos las gafas de conquistadores, no hay encuentro auténtico y no podremos contestar a ninguna pregunta, incluyendo la del Evangelio de ayer.

El Papa Francisco nos recordaba que el preso es la imagen viva de Dios. Por ello, ante la pregunta fundamental “¿Qué buscáis?”, nuestra respuesta solo es válida si buscamos en el "alter" el verdadero rostro de Dios.

Si no reconocemos que nuestra propia humanidad y fe se completan en el vínculo con el que sufre, estamos incumpliendo nuestra esencia, olvidando que nosotros los necesitamos a ellos para ser plenamente personas.

 

El derecho al reconocimiento: "Decile a alguien que yo estoy aquí"

El núcleo de nuestra labor es el reconocimiento.

Aranguren rescató aquel 25 de abril un relato de Eduardo Galeano sobre el médico Fernando Silva para iluminar la soledad ontológica de la prisión:

En vísperas de Navidad, el médico siente unos "pasos de algodón" tras de sí. Es un niño solo, con los ojos que piden permiso. Al acercarse, el niño le susurra: “Decile a... decile a alguien que yo estoy aquí”.

En nuestros centros siempre hay un "esquinado" o un "olvidado" que no llama la atención. Nuestra labor es legitimar al otro como un igual en dignidad. Esto implica despojarse de nuestro "energúmeno" interior, ese voluntario-juez que recondena al interno o el voluntario-fatalista que cree que "no va a salir bien".

 

La interpelación cruzada: El interrogante del patio

En el pasaje de Juan, la pregunta de Jesús es una invitación al seguimiento. En la cárcel, esa pregunta es un espejo de doble dirección:

  • Nuestra pregunta al interno: Al interrogar sobre su búsqueda, debemos hacerlo con el máximo respeto a su libertad, ayudándole a desenterrar el sentido de su propia vida.
  • La pregunta del interno a nosotros: Es la más punzante: “¿Y tú, voluntario, qué buscas aquí?”. El interno nos inquiere sobre nuestra autenticidad y nos pide bajar de nuestros pedestales morales. Si nuestra respuesta no incluye el compromiso por la justicia y la denuncia de las carencias del sistema, nuestro voluntariado es estéril.

 

Hacia una presencia restaurativa y digna

Desde el rigor normativo que exige el tratamiento penitenciario (Art. 25.2 CE), debemos aspirar a un modelo de acompañamiento que no sea asistencialista, sino restaurativo.

Aranguren nos hablaba de la "comunidad de los conmovidos" y de los "samaritanos colectivos", recordándonos que esta tarea implica:

  • Menos milongas y más escucha: El interno está necesitado de ser escuchado, no de que le hablemos. Un "poco" de escucha es, en realidad, "mucho".
  • Custodios de la dignidad: No somos sospechosos frente al otro, sino custodios de su dignidad inalienable.
  • Un pedazo de bondad: Frente a la realidad inhóspita de la prisión, nuestra tarea es oponer a cada horror un "pedazo de bondad".

 

Spes: Una propuesta de esperanza restaurativa

La esperanza no es un sentimiento ingenuo; es una virtud política. En el marco de nuestro compromiso, debe traducirse en Justicia Restaurativa. El “venid y veréis” de Jesús nos invita a generar espacios de encuentro donde el daño sea reconocido, pero donde la persona no sea reducida perpetuamente a su delito. Nuestra tarea es el Kintsugi: reparar las vasijas haciendo de la cicatriz la parte más bella.

 

Propuestas para nuestro caminar:

  • Revisión de actitudes: Transitar del "asistencialismo" al "acompañamiento integral".
  • Fomento de la alteridad: Escuchar más que hablar; permitir que sea el interno quien nos evangelice con su resiliencia.
  • Voz profética: Ser aquellos que recuerdan a la sociedad que la prisión no es el final, sino un tránsito que debe estar preñado de dignidad.

 

Conclusión

Tenemos tiempo por delante para empezar a aplicar todo esto. Podemos empezar por el próximo sábado o domingo, cuando nos acerquemos al centro penitenciario a celebrar la próxima Eucaristía, y hagámoslo como buscadores y no como quienes poseen la verdad.

Dejémonos preguntar por el Maestro y por el hermano preso: “¿Qué buscáis?”.

Pero que nuestra respuesta sea el compromiso firme de construir, entre todos, una Spes que no defrauda, una Esperanza hecha realidad y basada en el reconocimiento mutuo y en la urgencia de una justicia que sane.

Por último, merece la pena recordar las palabras del poeta portugués Fernando Pessoa que cerraron la ponencia de Aranguren (*):

 

“Hacer de la interrupción un camino nuevo.

Hacer de la caída un paso de danza.

Del miedo una escalera.

Del sueño un puente.

De la búsqueda un encuentro”.

 

(*) Quizás sea solo casualidad, pero la fecha de esta ponencia, un 25 de abril, coincide simbólicamente con la conmemoración de la Revolución de los Claveles (Revoluçao dos Cravos) en Portugal.

Al recitar ese fragmento del poema del portugués Pessoa, Aranguren nos invita involuntariamente a una verdadera revolución de la parresía: esa valentía cristiana que debe florecer en nuestro voluntariado para transformar los muros en puentes, el castigo en un encuentro sanador y cuando un hermano preso nos pregunte "¿Qué buscáis?" digamos con nuestras palabras pero, sobre todo, con nuestro trabajo, que lo que buscamos es al mismo Cristo que nos aguarda en la intemperie de la celda.

Solo así haremos vida el mandato de "estuve en la cárcel y vinisteis a verme", reconociendo (como nos urgía nuestro recordado Papa Francisco) que en el rostro de cada hermano preso estamos contemplando el rostro de Dios vivo; un rostro que nos despoja de prejuicios y nos recuerda que, en esta alteridad radical, es el otro quien nos devuelve nuestra propia y verdadera humanidad.